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BENDICIÓN
Venerables Hermanos
amadísimos hijos e hijas:
¡Salud y Bendición Apostólica!
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INTRODUCCIÓN
1. La
Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de la
salvación, porque « al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios
a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los
que se hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación
adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! »
(Gál 4, 4-6).
Con estas
palabras del apóstol Pablo, que el Concilio Vaticano II cita al
comienzo de la exposición sobre la bienaventurada Virgen María,1
deseo iniciar también mi reflexión sobre el significado que María
tiene en el misterio de Cristo y sobre su presencia activa y
ejemplar en la vida de la Iglesia. Pues, son palabras que celebran
conjuntamente el amor del Padre, la misión del Hijo, el don del
Espíritu, la mujer de la que nació el Redentor, nuestra filiación
divina, en el misterio de la « plenitud de los tiempos ».2
Esta
plenitud delimita el momento, fijado desde toda la eternidad, en el
cual el Padre envió a su Hijo « para que todo el que crea en él no
perezca sino que tenga vida eterna » (Jn 3, 16). Esta
plenitud señala el momento feliz en el que « la Palabra que estaba
con Dios ... se hizo carne, y puso su morada entre nosotros » (Jn
1, 1. 14), haciéndose nuestro hermano. Esta misma plenitud señala el
momento en que el Espíritu Santo, que ya había infundido la plenitud
de gracia en María de Nazaret, plasmó en su seno virginal la
naturaleza humana de Cristo. Esta plenitud define el instante en el
que, por la entrada del eterno en el tiempo, el tiempo mismo es
redimido y, llenándose del misterio de Cristo, se convierte
definitivamente en « tiempo de salvación ». Designa, finalmente, el
comienzo arcano del camino de la Iglesia. En la liturgia, en efecto,
la Iglesia saluda a María de Nazaret como a su exordio,3
ya que en la Concepción inmaculada ve la proyección, anticipada en
su miembro más noble, de la gracia salvadora de la Pascua y, sobre
todo, porque en el hecho de la Encarnación encuentra unidos
indisolublemente a Cristo y a María: al que es su Señor y su Cabeza
y a la que, pronunciando el primer fiat de la Nueva Alianza,
prefigura su condición de esposa y madre.
2. La
Iglesia, confortada por la presencia de Cristo (cf. Mt 28,
20), camina en el tiempo hacia la consumación de los siglos y
va al encuentro del Señor que llega. Pero en este camino —deseo
destacarlo enseguida— procede recorriendo de nuevo el itinerario
realizado por la Virgen María, que « avanzó en la
peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo
hasta la Cruz ».4
Tomo estas palabras tan densas y evocadoras de la Constitución
Lumen gentium, que en su parte final traza una síntesis eficaz
de la doctrina de la Iglesia sobre el tema de la Madre de Cristo,
venerada por ella como madre suya amantísima y como su figura en la
fe, en la esperanza y en la caridad.
Poco
después del Concilio, mi gran predecesor Pablo VI quiso volver a
hablar de la Virgen Santísima, exponiendo en la Carta Encíclica
Christi Matri y más tarde en las Exhortaciones
Apostólicas Signum magnum y
Marialis cultus
5
los fundamentos y criterios de
aquella singular veneración que la Madre de Cristo recibe en la
Iglesia, así como las diferentes formas de devoción mariana
—litúrgicas, populares y privadas— correspondientes al espíritu de
la fe.
3. La
circunstancia que ahora me empuja a volver sobre este tema es la
perspectiva del año dos mil, ya cercano, en el que el Jubileo
bimilenario del nacimiento de Jesucristo orienta, al mismo tiempo,
nuestra mirada hacia su Madre. En los últimos años se han alzado
varias voces para exponer la oportunidad de hacer preceder tal
conmemoración por un análogo Jubileo, dedicado a la celebración del
nacimiento de María.
En
realidad, aunque no sea posible establecer un preciso punto
cronológico para fijar la fecha del nacimiento de María, es
constante por parte de la Iglesia la conciencia de que María
apareció antes de Cristo en el horizonte de la
historia de la salvación.6
Es un hecho que, mientras se
acercaba definitivamente « la plenitud de los tiempos », o sea el
acontecimiento salvífico del Emmanuel, la que había sido destinada
desde la eternidad para ser su Madre ya existía en la tierra. Este «
preceder » suyo a la venida de Cristo se refleja cada año en la
liturgia de Adviento. Por consiguiente, si los años que se
acercan a la conclusión del segundo Milenio después de Cristo y al
comienzo del tercero se refieren a aquella antigua espera histórica
del Salvador, es plenamente comprensible que en este período
deseemos dirigirnos de modo particular a la que, en la « noche » de
la espera de Adviento, comenzó a resplandecer como una verdadera «
estrella de la mañana » (Stella matutina). En
efecto, igual que esta estrella junto con la « aurora » precede la
salida del sol, así María desde su concepción inmaculada ha
precedido la venida del Salvador, la salida del « sol de justicia »
en la historia del género humano.7
Su
presencia en medio de Israel —tan discreta que pasó casi inobservada
a los ojos de sus contemporáneos— resplandecía claramente ante el
Eterno, el cual había asociado a esta escondida « hija de Sión » (cf.
So 3, 14; Za 2, 14) al plan salvífico que abarcaba
toda la historia de la humanidad. Con razón pues, al término del
segundo Milenio, nosotros los cristianos, que sabemos como el plan
providencial de la Santísima Trinidad sea la realidad central de
la revelación y de la fe, sentimos la necesidad de poner de
relieve la presencia singular de la Madre de Cristo en la historia,
especialmente durante estos últimos años anteriores al dos mil.
4. Nos
prepara a esto el Concilio Vaticano II, presentando en su magisterio
a la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia.
En efecto, si es verdad que « el misterio del hombre sólo se
esclarece en el misterio del Verbo encarnado » —como proclama el
mismo Concilio
8—,
es necesario aplicar este principio de modo muy particular a aquella
excepcional « hija de las generaciones humanas », a aquella « mujer
» extraordinaria que llegó a ser Madre de Cristo. Sólo en el
misterio de Cristo se esclarece plenamente su misterio.
Así, por lo demás, ha intentado leerlo la Iglesia desde el comienzo.
El misterio de la Encarnación le ha permitido penetrar y esclarecer
cada vez mejor el misterio de la Madre del Verbo encarnado. En este
profundizar tuvo particular importancia el Concilio de Éfeso (a.
431) durante el cual, con gran gozo de los cristianos, la verdad
sobre la maternidad divina de María fue confirmada solemnemente como
verdad de fe de la Iglesia. María es la Madre de Dios (Theotókos),
ya que por obra del Espíritu Santo concibió en su seno virginal y
dio al mundo a Jesucristo, el Hijo de Dios consubstancial al Padre.9
« El Hijo de Dios... nacido de la Virgen María... se hizo
verdaderamente uno de los nuestros... »,10
se hizo hombre. Así pues, mediante el misterio de Cristo, en el
horizonte de la fe de la Iglesia resplandece plenamente el misterio
de su Madre. A su vez, el dogma de la maternidad divina de María fue
para el Concilio de Éfeso y es para la Iglesia como un sello del
dogma de la Encarnación, en la que el Verbo asume realmente en la
unidad de su persona la naturaleza humana sin anularla.
5. El
Concilio Vaticano II, presentando a María en el misterio de Cristo,
encuentra también, de este modo, el camino para profundizar en el
conocimiento del misterio de la Iglesia. En efecto, María, como
Madre de Cristo, está unida de modo particular a la Iglesia,
« que el Señor constituyó como su Cuerpo ».11
El texto conciliar acerca significativamente esta verdad sobre la
Iglesia como cuerpo de Cristo (según la enseñanza de las Cartas
paulinas) a la verdad de que el Hijo de Dios « por obra del
Espíritu Santo nació de María Virgen ». La realidad de la
Encarnación encuentra casi su prolongación en el misterio de la
Iglesia-cuerpo de Cristo. Y no puede pensarse en la realidad
misma de la Encarnación sin hacer referencia a María, Madre del
Verbo encarnado.
En las
presentes reflexiones, sin embargo, quiero hacer referencia sobre
todo a aquella « peregrinación de la fe », en la que « la Santísima
Virgen avanzó », manteniendo fielmente su unión con Cristo.12
De esta manera aquel doble vínculo, que une la Madre de Dios
a Cristo y a la Iglesia, adquiere un significado histórico.
No se trata aquí sólo de la historia de la Virgen Madre, de su
personal camino de fe y de la « parte mejor » que ella tiene en el
misterio de la salvación, sino además de la historia de todo el
Pueblo de Dios, de todos los que toman parte en la misma
peregrinación de la fe.
Esto lo
expresa el Concilio constatando en otro pasaje que María « precedió
», convirtiéndose en « tipo de la Iglesia ... en el orden de la fe,
de la caridad y de la perfecta unión con Cristo ».13
Este « preceder » suyo como tipo, o modelo, se refiere
al mismo misterio íntimo de la Iglesia, la cual realiza su misión
salvífica uniendo en sí —como María— las cualidades de madre y
virgen. Es virgen que « guarda pura e íntegramente la fe
prometida al Esposo » y que « se hace también madre ... pues ...
engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra
del Espíritu Santo y nacidos de Dios ».14
6. Todo
esto se realiza en un gran proceso histórico y, por así decir, « en
un camino ». La peregrinación de la fe indica la historia
interior, es decir la historia de las almas. Pero ésta es
también la historia de los hombres, sometidos en esta tierra a la
transitoriedad y comprendidos en la dimensión de la historia. En las
siguientes reflexiones deseamos concentrarnos ante todo en la fase
actual, que de por sí no es aún historia, y sin embargo la plasma
sin cesar, incluso en el sentido de historia de la salvación. Aquí
se abre un amplio espacio, dentro del cual la bienaventurada
Virgen María sigue « precediendo » al Pueblo de Dios.
Su excepcional peregrinación de la fe representa un punto
de referencia constante para la Iglesia, para los individuos y
comunidades, para los pueblos y naciones, y, en cierto modo, para
toda la humanidad. De veras es difícil abarcar y medir su radio de
acción.
El
Concilio subraya que la Madre de Dios es ya el cumplimiento
escatológico de la Iglesia: « La Iglesia ha alcanzado en la
Santísima Virgen la perfección, en virtud de la cual no tiene mancha
ni arruga (cf. Ef 5, 27) » y al mismo tiempo que « los
fieles luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente
al pecado, y por eso levantan sus ojos a María, que
resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los
elegidos ».15
La peregrinación de la fe ya no pertenece a la Madre del Hijo de
Dios; glorificada junto al Hijo en los cielos, María ha superado ya
el umbral entre la fe y la visión « cara a cara » (1 Cor
13, 12). Al mismo tiempo, sin embargo, en este cumplimiento
escatológico no deja de ser la « Estrella del mar » (Maris
Stella)
16
para todos los que aún siguen el camino de la fe. Si alzan los ojos
hacia ella en los diversos lugares de la existencia terrena lo hacen
porque ella « dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito
entre muchos hermanos (cf. Rom 8, 29) »,17
y también porque a la « generación y educación » de estos hermanos y
hermanas « coopera con amor materno ».18
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I PARTE - MARÍA EN EL MISTERIO DE CRISTO
1.
Llena de gracia
7. «
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha
bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos,
en Cristo » (Ef 1, 3). Estas palabras de la Carta a
los Efesios revelan el eterno designio de Dios Padre, su plan de
salvación del hombre en Cristo. Es un plan universal, que comprende
a todos los hombres creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gén
1, 26). Todos, así como están incluidos « al comienzo »
en la obra creadora de Dios, también están incluidos eternamente en
el plan divino de la salvación, que se debe revelar completamente,
en la « plenitud de los tiempos », con la venida de Cristo. En
efecto, Dios, que es « Padre de nuestro Señor Jesucristo, —son las
palabras sucesivas de la misma Carta— « nos ha elegido en
él antes de la fundación del mundo, para ser santos e
inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano
para ser sus « hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el
beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia,
con la que nos agració en el Amado. En él tenemos por medio
de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la
riqueza de su gracia » (Ef 1, 4-7).
El
plan divino de la salvación, que nos ha sido revelado plenamente
con la venida de Cristo, es eterno. Está también —según la enseñanza
contenida en aquella Carta y en otras Cartas paulinas—
eternamente unido a Cristo. Abarca a todos los
hombres, pero reserva un lugar particular a la « mujer » que
es la Madre de aquel, al cual el Padre ha confiado la obra de la
salvación.19
Como escribe el Concilio Vaticano II, « ella misma es insinuada
proféticamente en la promesa dada a nuestros primeros padres caídos
en pecado », según el libro del Génesis (cf. 3, 15). « Así
también, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo
nombre será Emmanuel », según las palabras de Isaías (cf. 7, 14).20
De este modo el Antiguo Testamento prepara aquella « plenitud de los
tiempos », en que Dios « envió a su Hijo, nacido de mujer, ... para
que recibiéramos la filiación adoptiva ». La venida del Hijo de Dios
al mundo es el acontecimiento narrado en los primeros capítulos de
los Evangelios según Lucas y Mateo.
8.
María es introducida definitivamente en el misterio de
Cristo a través de este acontecimiento: la anunciación
del ángel. Acontece en Nazaret, en circunstancias concretas de la
historia de Israel, el primer pueblo destinatario de las promesas de
Dios. El mensajero divino dice a la Virgen: « Alégrate, llena de
gracia, el Señor está contigo » (Lc 1, 28). María « se
conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel
saludo » (Lc 1, 29). Qué significarían aquellas
extraordinarias palabras y, en concreto, la expresión « llena de
gracia » (Kejaritoméne).21
Si
queremos meditar junto a María sobre estas palabras y, especialmente
sobre la expresión « llena de gracia », podemos encontrar una
verificación significativa precisamente en el pasaje anteriormente
citado de la Carta a los Efesios. Si, después del anuncio del
mensajero celestial, la Virgen de Nazaret es llamada también «
bendita entre las mujeres » (cf. Lc 1, 42), esto se explica
por aquella bendición de la que « Dios Padre » nos ha colmado « en
los cielos, en Cristo ». Es una bendición espiritual, que se
refiere a todos los hombres, y lleva consigo la plenitud y la
universalidad (« toda bendición »), que brota del amor que, en el
Espíritu Santo, une al Padre el Hijo consubstancial. Al mismo
tiempo, es una bendición derramada por obra de Jesucristo en la
historia del hombre desde el comienzo hasta el final: a todos los
hombres. Sin embargo, esta bendición se refiere a María de modo
especial y excepcional; en efecto, fue saludada por Isabel como
« bendita entre las mujeres ».
La razón
de este doble saludo es, pues, que en el alma de esta « hija de Sión
» se ha manifestado, en cierto sentido, toda la « gloria de su
gracia », aquella con la que el Padre « nos agració en el Amado ».
El mensajero saluda, en efecto, a María como « llena de gracia »; la
llama así, como si éste fuera su verdadero nombre. No llama a su
interlocutora con el nombre que le es propio en el registro civil: «
Miryam » (María), sino con este nombre nuevo: «llena de
gracia ». ¿Qué significa este nombre? ¿Porqué el arcángel llama así
a la Virgen de Nazaret?
En el
lenguaje de la Biblia « gracia » significa un don especial que,
según el Nuevo Testamento, tiene la propia fuente en la vida
trinitaria de Dios mismo, de Dios que es amor (cf. 1 Jn 4,
8). Fruto de este amor es la elección, de la que habla la
Carta a los Efesios. Por parte de Dios esta elección es la
eterna voluntad de salvar al hombre a través de la participación de
su misma vida en Cristo (cf. 2 P 1, 4): es la salvación en la
participación de la vida sobrenatural. El efecto de este don eterno,
de esta gracia de la elección del hombre, es como un germen de
santidad, o como una fuente que brota en el alma como don de
Dios mismo, que mediante la gracia vivifica y santifica a los
elegidos. De este modo tiene lugar, es decir, se hace realidad
aquella bendición del hombre « con toda clase de bendiciones
espirituales », aquel « ser sus hijos adoptivos ... en Cristo » o
sea en aquel que es eternamente el « Amado » del Padre.
Cuando
leemos que el mensajero dice a María « llena de gracia », el
contexto evangélico, en el que confluyen revelaciones y promesas
antiguas, nos da a entender que se trata de una bendición singular
entre todas las « bendiciones espirituales en Cristo ». En el
misterio de Cristo María está presente ya « antes de la
creación del mundo » como aquella que el Padre « ha elegido »
como Madre de su Hijo en la Encarnación, y junto con el Padre la
ha elegido el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad.
María está unida a Cristo de un modo totalmente especial y
excepcional, e igualmente es amada en este « Amado »eternamente,
en este Hijo consubstancial al Padre, en el que se concentra
toda « la gloria de la gracia ». A la vez, ella está y sigue abierta
perfectamente a este « don de lo alto » (cf. St 1, 17). Como
enseña el Concilio, María « sobresale entre los humildes y pobres
del Señor, que de El esperan con confianza la salvación ».22
9. Si el
saludo y el nombre « llena de gracia » significan todo esto, en el
contexto del anuncio del ángel se refieren ante todo a la
elección de María como Madre del Hijo de Dios. Pero, al mismo
tiempo, la plenitud de gracia indica la dádiva sobrenatural, de la
que se beneficia María porque ha sido elegida y destinada a ser
Madre de Cristo. Si esta elección es fundamental para el
cumplimiento de los designios salvíficos de Dios respecto a la
humanidad, si la elección eterna en Cristo y la destinación a la
dignidad de hijos adoptivos se refieren a todos los hombres, la
elección de María es del todo excepcional y única. De aquí, la
singularidad y unicidad de su lugar en el misterio de Cristo.
El
mensajero divino le dice: « No temas, María, porque has hallado
gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz
un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será
llamado Hijo del Altísimo » (Lc 1, 30-32). Y cuando la
Virgen, turbada por aquel saludo extraordinario, pregunta: « ¿Cómo
será esto, puesto que no conozco varón? », recibe del ángel la
confirmación y la explicación de las palabras precedentes. Gabriel
le dice: « El Espíritu Santo vendrá sobre ti yel poder del
Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será
santo y será llamado Hijo de Dios » (Lc 1, 35).
Por
consiguiente, la Anunciación es la revelación del misterio de la
Encarnación al comienzo mismo de su cumplimiento en la tierra. El
donarse salvífico que Dios hace de sí mismo y de su vida en cierto
modo a toda la creación, y directamente al hombre, alcanza en el
misterio de la Encarnación uno de sus vértices. En efecto, este
es un vértice entre todas las donaciones de gracia en la historia
del hombre y del cosmos. María es « llena de gracia », porque la
Encarnación del Verbo, la unión hipostática del Hijo de Dios con la
naturaleza humana, se realiza y cumple precisamente en ella. Como
afirma el Concilio, María es « Madre de Dios Hijo y, por tanto, la
hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un
don de gracia tan eximia, antecede con mucho a todas las criaturas
celestiales y terrenas ».23
10. La
Carta a los Efesios, al hablar de la « historia de la gracia »
que « Dios Padre ... nos agració en el Amado », añade: « En él
tenemos por medio de su sangre la redención » (Ef 1, 7).
Según la doctrina, formulada en documentos solemnes de la Iglesia,
esta « gloria de la gracia » se ha manifestado en la Madre de Dios
por el hecho de que ha sido redimida « de un modo eminente ».24
En virtud de la riqueza de la gracia del Amado, en razón de los
méritos redentores del que sería su Hijo, María ha sido
preservada de la herencia del pecado original.25
De esta manera, desde el primer instante de su concepción, es decir
de su existencia, es de Cristo, participa de la gracia salvífica y
santificante y de aquel amor que tiene su inicio en el « Amado », el
Hijo del eterno Padre, que mediante la Encarnación se ha convertido
en su propio Hijo. Por eso, por obra del Espíritu Santo, en el orden
de la gracia, o sea de la participación en la naturaleza divina,
María recibe la vida de aquel al que ella misma dio la vida como
madre, en el orden de la generación terrena. La liturgia no duda en
llamarla « madre de su Progenitor »
26
y en saludarla con las palabras que Dante Alighieri pone en boca de
San Bernardo: « hija de tu Hijo ».27
Y dado que esta « nueva vida » María la recibe con una plenitud que
corresponde al amor del Hijo a la Madre y, por consiguiente, a la
dignidad de la maternidad divina, en la anunciación el ángel la
llama « llena de gracia ».
11. En el
designio salvífico de la Santísima Trinidad el misterio de la
Encarnación constituye el cumplimiento sobreabundante de
la promesa hecha por Dios a los hombres, después del pecado
original, después de aquel primer pecado cuyos efectos pesan
sobre toda la historia del hombre en la tierra (cf. Gén 3,
15). Viene al mundo un Hijo, el « linaje de la mujer » que derrotará
el mal del pecado en su misma raíz: « aplastará la cabeza de la
serpiente ». Como resulta de las palabras del protoevangelio, la
victoria del Hijo de la mujer no sucederá sin una dura lucha, que
penetrará toda la historia humana. « La enemistad », anunciada al
comienzo, es confirmada en el Apocalipsis, libro de las realidades
últimas de la Iglesia y del mundo, donde vuelve de nuevo la señal de
la « mujer », esta vez « vestida del sol » (Ap 12, 1).
María,
Madre del Verbo encarnado, está situada en el centro mismo de
aquella « enemistad », de aquella lucha que acompaña la
historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la
salvación. En este lugar ella, que pertenece a los « humildes y
pobres del Señor », lleva en sí, como ningún otro entre los seres
humanos, aquella « gloria de la gracia » que el Padre « nos agració
en el Amado », y esta gracia determina la extraordinaria grandeza
y belleza de todo su ser. María permanece así ante Dios, y
también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e
inviolable de la elección por parte de Dios, de la que habla la
Carta paulina: « Nos ha elegido en él (Cristo) antes de la
fundación del mundo, ... eligiéndonos de antemano para ser sus hijos
adoptivos » (Ef 1, 4.5). Esta elección es más fuerte que toda
experiencia del mal y del pecado, de toda aquella « enemistad » con
la que ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia
María sigue siendo una señal de esperanza segura.
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2.
Feliz la que ha creído
12. Poco
después de la narración de la anunciación, el evangelista Lucas nos
guía tras los pasos de la Virgen de Nazaret hacia « una ciudad de
Judá » (Lc 1, 39). Según los estudiosos esta ciudad debería ser la
actual Ain-Karim, situada entre las montañas, no distante de
Jerusalén. María llegó allí « con prontitud » para visitar a
Isabel su pariente. El motivo de la visita se halla también en
el hecho de que, durante la anunciación, Gabriel había nombrado de
modo significativo a Isabel, que en edad avanzada había concebido de
su marido Zacarías un hijo, por el poder de Dios: « Mira, también
Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya
el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa
es imposible a Dios »(Lc 1, 36-37). El mensajero divino
se había referido a cuanto había acontecido en Isabel, para
responder a la pregunta de María: « ¿Cómo será esto, puesto que no
conozco varón? » (Lc 1, 34). Esto sucederá
precisamente por el « poder del Altísimo », como y más aún que en el
caso de Isabel.
Así pues
María, movida por la caridad, se dirige a la casa de su pariente.
Cuando entra, Isabel, al responder a su saludo y sintiendo saltar de
gozo al niño en su seno, « llena de Espíritu Santo », a su vez
saluda a María en alta voz: « Bendita tú entre las mujeres y
bendito el fruto de tu seno » (cf. Lc 1, 40-42). Esta
exclamación o aclamación de Isabel entraría posteriormente en el
Ave María, como una continuación del saludo del ángel,
convirtiéndose así en una de las plegarias más frecuentes de la
Iglesia. Pero más significativas son todavía las palabras de Isabel
en la pregunta que sigue: « ¿de donde a mí que la madre de mi
Señor venga a mí? »(Lc 1, 43). Isabel da
testimonio de María: reconoce y proclama que ante ella está la Madre
del Señor, la Madre del Mesías. De este testimonio participa también
el hijo que Isabel lleva en su seno: « saltó de gozo el niño en su
seno » (Lc 1, 44). EL niño es el futuro Juan el
Bautista, que en el Jordán señalará en Jesús al Mesías.
En el
saludo de Isabel cada palabra está llena de sentido y, sin embargo,
parece ser de importancia fundamental lo que dice al final: «¡Feliz
la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron
dichas de parte del Señor! » (Lc 1, 45).28
Estas palabras se pueden poner junto al apelativo « llena de gracia
» del saludo del ángel. En ambos textos se revela un contenido
mariológico esencial, o sea, la verdad sobre María, que ha llegado a
estar realmente presente en el misterio de Cristo precisamente
porque « ha creído ». La plenitud de gracia, anunciada por el
ángel, significa el don de Dios mismo; la fe de María,
proclamada por Isabel en la visitación, indica como la Virgen
de Nazaret ha respondido a este don.
13. «
Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe »
(Rom 16, 26; cf. Rom 1, 5; 2 Cor 10, 5-6), por la
que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, como enseña el
Concilio.29
Esta descripción de la fe encontró una realización perfecta en
María. El momento « decisivo » fue la anunciación, y las mismas
palabras de Isabel « Feliz la que ha creído » se refieren en primer
lugar a este instante.30
En
efecto, en la Anunciación María se ha abandonado en Dios
completamente, manifestando « la obediencia de la fe » a aquel que
le hablaba a través de su mensajero y prestando « el homenaje del
entendimiento y de la voluntad ».31
Ha respondido, por tanto, con todo su « yo »
humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas
una cooperación perfecta con « la gracia de Dios que previene y
socorre » y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu
Santo, que, « perfecciona constantemente la fe por medio de sus
dones ».32
La
palabra del Dios viviente, anunciada a María por el ángel, se
refería a ella misma « vas a concebir en el seno y vas a dar a luz
un hijo » (Lc 1, 31). Acogiendo este anuncio, María se
convertiría en la « Madre del Señor » y en ella se realizaría el
misterio divino de la Encarnación: « El Padre de las misericordias
quiso que precediera a la encarnación la aceptación de parte de la
Madre predestinada ».33
Y María da este consentimiento, después de haber escuchado todas las
palabras del mensajero. Dice: « He aquí la esclava del Señor; hágase
en mí según tu palabra » (Lc 1, 38). Este fiat de
María —« hágase en mí »— ha decidido, desde el punto de vista
humano, la realización del misterio divino. Se da una plena
consonancia con las palabras del Hijo que, según la Carta a los
Hebreos, al venir al mundo dice al Padre: « Sacrificio y
oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo ... He
aquí que vengo ... a hacer, oh Dios, tu voluntad » (Hb 10, 5-7). El
misterio de la Encarnación se ha realizado en el momento en el cual
María ha pronunciado su fiat: « hágase en mí según tu palabra
», haciendo posible, en cuanto concernía a ella según el designio
divino, el cumplimiento del deseo de su Hijo. María ha pronunciado
este fiat por medio de la fe. Por medio de la fe se confió a
Dios sin reservas y « se consagró totalmente a sí misma, cual
esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo ».34
Y este Hijo —como enseñan los Padres— lo ha concebido en la mente
antes que en el seno: precisamente por medio de la fe.35
Justamente, por ello, Isabel alaba a María: « ¡Feliz la que ha
creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas por
parte del Señor! ». Estas palabras ya se han realizado. María de
Nazaret se presenta en el umbral de la casa de Isabel y Zacarías
como Madre del Hijo de Dios. Es el descubrimiento gozoso de Isabel:
« ¿de donde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí? ».
14. Por
lo tanto, la fe de María puede parangonarse también a la
de Abraham, llamado por el Apóstol « nuestro padre en la fe »
(cf. Rom 4, 12). En la economía salvífica de la revelación
divina la fe de Abraham constituye el comienzo de la Antigua
Alianza; la fe de María en la anunciación da comienzo a la Nueva
Alianza. Como Abraham « esperando contra toda esperanza, creyó
y fue hecho padre de muchas naciones » (cf. Rom 4, 18),
así María, en el instante de la anunciación, después de haber
manifestado su condición de virgen (« ¿cómo será esto, puesto que no
conozco varón? »), creyó que por el poder del Altísimo, por
obra del Espíritu Santo, se convertiría en la Madre del Hijo de Dios
según la revelación del ángel: « el que ha de nacer será santo y
será llamado Hijo de Dios » (Lc 1, 35).
Sin
embargo las palabras de Isabel « Feliz la que ha creído » no se
aplican únicamente a aquel momento concreto de la anunciación.
Ciertamente la anunciación representa el momento culminante de la fe
de María a la espera de Cristo, pero es además el punto de partida,
de donde inicia todo su « camino hacia Dios », todo su camino de fe.
Y sobre esta vía, de modo eminente y realmente heroico —es mas, con
un heroísmo de fe cada vez mayor— se efectuará la « obediencia »
profesada por ella a la palabra de la divina revelación. Y esta «
obediencia de la fe » por parte de María a lo largo de todo su
camino tendrá analogías sorprendentes con la fe de Abraham. Como el
patriarca del Pueblo de Dios, así también María, a través del camino
de su fiat filial y maternal, « esperando contra esperanza,
creyó ». De modo especial a lo largo de algunas etapas de este
camino la bendición concedida a « la que ha creído » se revelará con
particular evidencia. Creer quiere decir « abandonarse » en la
verdad misma de la palabra del Dios viviente, sabiendo y
reconociendo humildemente « ¡cuan insondables son sus designios e
inescrutables sus caminos! » (Rom 11, 33). María, que por
la eterna voluntad del Altísimo se ha encontrado, puede decirse, en
el centro mismo de aquellos « inescrutables caminos » y de los «
insondables designios » de Dios, se conforma a ellos en la penumbra
de la fe, aceptando plenamente y con corazón abierto todo lo que
está dispuesto en el designio divino.
15.
María, cuando en la anunciación siente hablar del Hijo del que será
madre y al que « pondrá por nombre Jesús » (Salvador), llega a
conocer también que a el mismo « el Señor Dios le dará el trono de
David, su padre » y que « reinará sobre la casa de Jacob por los
siglos y su reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33) En esta
dirección se encaminaba la esperanza de todo el pueblo de Israel. EL
Mesías prometido debe ser « grande », e incluso el mensajero
celestial anuncia que « será grande », grande tanto
por el nombre de Hijo del Altísimo como por asumir la
herencia de David. Por lo tanto, debe ser rey, debe reinar « en
la casa de Jacob ». María ha crecido en medio de esta expectativa de
su pueblo, podía intuir, en el momento de la anunciación ¿qué
significado preciso tenían las palabras del ángel? ¿Cómo conviene
entender aquel « reino » que no « tendrá fin »?
Aunque
por medio de la fe se haya sentido en aquel instante Madre del «
Mesías-rey », sin embargo responde: « He aquí la esclava del
Señor; hágase en mí según tu palabra » (Lc 1, 38 ). Desde
el primer momento, María profesa sobre todo « la obediencia de la fe
», abandonándose al significado que, a las palabras de la
anunciación, daba aquel del cual provenían: Dios mismo.
16.
Siempre a través de este camino de la « obediencia de la fe » María
oye algo más tarde otras palabras; las pronunciadas por
Simeón en el templo de Jerusalén. Cuarenta días después del
nacimiento de Jesús, según lo prescrito por la Ley de Moisés, María
y José « llevaron al niño a Jerusalén para presentarle al Señor » (Lc
2, 22) El nacimiento se había dado en una situación de extrema
pobreza. Sabemos, pues, por Lucas que, con ocasión del censo de la
población ordenado por las autoridades romanas, María se dirigió con
José a Belén; no habiendo encontrado « sitio en el alojamiento »,
dio a luz a su hijo en un establo y «le acostó en un pesebre »
(cf. Lc 2, 7).
Un hombre
justo y piadoso, llamado Simeón, aparece al comienzo del «
itinerario » de la fe de María. Sus palabras, sugeridas por el
Espíritu Santo (cf. Lc 2, 25-27), confirman la verdad de la
anunciación. Leemos, en efecto, que « tomó en brazos » al niño, al
que —según la orden del ángel— « se le dio el nombre de Jesús » (cf.
Lc 2, 21). El discurso de Simeón es conforme al significado
de este nombre, que quiere decir Salvador: « Dios es la salvación ».
Vuelto al Señor, dice lo siguiente: « Porque han visto mis ojos tu
salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos,
luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel » (Lc
2, 30-32). Al mismo tiempo, sin embargo, Simeón se dirige a María
con estas palabras: « Este está puesto para caída y elevación de
muchos en Israel, y para ser señal de contradicción ... a fin
de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones »;
y añade con referencia directa a María: « y a ti misma una espada te
atravesará el alma (Lc 2, 34-35). Las palabras de Simeón dan
nueva luz al anuncio que María ha oído del ángel: Jesús es el
Salvador, es « luz para iluminar » a los hombres. ¿No es
aquel que se manifestó, en cierto modo, en la Nochebuena, cuando
los pastores fueron al establo? ¿No es aquel que debía
manifestarse todavía más con la llegada de los Magos del Oriente?
(cf. Mt 2, 1-12). Al mismo tiempo, sin embargo, ya al
comienzo de su vida, el Hijo de María —y con él su Madre—
experimentarán en sí mismos la verdad de las restantes palabras de
Simeón: « Señal de contradicción » (Lc 2, 34). El anuncio de Simeón
parece como un segundo anuncio a María, dado que le indica la
concreta dimensión histórica en la cual el Hijo cumplirá su misión,
es decir en la incomprensión y en el dolor. Si por un lado, este
anuncio confirma su fe en el cumplimiento de las promesas divinas de
la salvación, por otro, le revela también que deberá vivir en el
sufrimiento su obediencia de fe al lado del Salvador que sufre, y
que su maternidad será oscura y dolorosa. En efecto, después de la
visita de los Magos, después de su homenaje (« postrándose le
adoraron »), después de ofrecer unos dones (cf. Mt 2, 11),
María con el niño debe huir a Egipto bajo la protección
diligente de José, porque « Herodes buscaba al niño para matarlo »
(cf. Mt 2, 13). Y hasta la muerte de Herodes tendrán que
permanecer en Egipto (cf. Mt 2, 15).
17.
Después de la muerte de Herodes, cuando la sagrada familia regresa a
Nazaret, comienza el largo período de la vida oculta. La que
« ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte
del Señor » (Lc 1, 45) vive cada día el contenido de estas
palabras. Diariamente junto a ella está el Hijo a quien ha puesto
por nombre Jesús; por consiguiente, en la relación con él usa
ciertamente este nombre, que por lo demás no podía maravillar a
nadie, usándose desde hacía mucho tiempo en Israel. Sin embargo,
María sabe que el que lleva por nombre Jesús ha sido
llamado por el ángel « Hijo del Altísimo » (cf. Lc
1, 32). María sabe que lo ha concebido y dado a luz « sin conocer
varón », por obra del Espíritu Santo, con el poder del Altísimo que
ha extendido su sombra sobre ella (cf. Lc 1, 35), así como la
nube velaba la presencia de Dios en tiempos de Moisés y de los
padres (cf. Ex 24, 16; 40, 34-35; 1 Rom 8,
10-12). Por lo tanto, María sabe que el Hijo dado a luz
virginalmente, es precisamente aquel « Santo », el « Hijo de Dios »,
del que le ha hablado el ángel.
A lo
largo de la vida oculta de Jesús en la casa de Nazaret, también
la vida de María está « oculta con Cristo en Dios » (cf.
Col 3, 3), por medio de la fe. Pues la fe es un
contacto con el misterio de Dios. María constantemente y diariamente
está en contacto con el misterio inefable de Dios que se ha hecho
hombre, misterio que supera todo lo que ha sido revelado en la
Antigua Alianza. Desde el momento de la anunciación, la mente de la
Virgen-Madre ha sido introducida en la radical « novedad » de la
autorrevelación de Dios y ha tomado conciencia del misterio. Es la
primera de aquellos « pequeños », de los que Jesús dirá: « Padre ...
has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has
revelado a pequeños » (Mt 11, 25). Pues « nadie conoce bien
al Hijo sino el Padre » (Mt 11, 27). ¿Cómo puede, pues, María
« conocer al Hijo »? Ciertamente no lo conoce como el Padre; sin
embargo, es la primera entre aquellos a quienes el Padre «
lo ha querido revelar » (cf. Mt 11, 26-27; 1
Cor 2, 11). Pero si desde el momento de la anunciación le ha
sido revelado el Hijo, que sólo el Padre conoce plenamente, como
aquel que lo engendra en el eterno « hoy » (cf. Sal 2, 7),
María, la Madre, está en contacto con la verdad de su Hijo
únicamente en la fe y por la fe. Es, por tanto, bienaventurada,
porque « ha creído » y cree cada día en medio de todas las
pruebas y contrariedades del período de la infancia de Jesús y luego
durante los años de su vida oculta en Nazaret, donde « vivía sujeto
a ellos » (Lc 2, 51): sujeto a María y también a José, porque
éste hacía las veces de padre ante los hombres; de ahí que el Hijo
de María era considerado también por las gentes como « el hijo del
carpintero » (Mt 13, 55).
La Madre
de aquel Hijo, por consiguiente, recordando cuanto le ha sido
dicho en la anunciación y en los acontecimientos sucesivos, lleva
consigo la radical « novedad » de la fe: el inicio de la Nueva
Alianza. Esto es el comienzo del Evangelio, o sea de la buena y
agradable nueva. No es difícil, pues, notar en este inicio una
particular fatiga del corazón, unida a una especie de a noche
de la fe » —usando una expresión de San Juan de la Cruz—, como un «
velo » a través del cual hay que acercarse al Invisible y vivir en
intimidad con el misterio.36
Pues de este modo María, durante muchos años, permaneció en
intimidad con el misterio de su Hijo, y avanzaba en su
itinerario de fe, a medida que Jesús « progresaba en sabiduría ...
en gracia ante Dios y ante los hombres » (Lc 2, 52). Se
manifestaba cada vez más ante los ojos de los hombres la
predilección que Dios sentía por él. La primera entre estas
criaturas humanas admitidas al descubrimiento de Cristo era María ,
que con José vivía en la casa de Nazaret.
Pero,
cuando, después del encuentro en el templo, a la pregunta de la
Madre: « ¿por qué has hecho esto? », Jesús, que tenía doce años,
responde « ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi
Padre? », y el evangelista añade: « Pero ellos (José y María)
no comprendieron la respuesta que les dio » (Lc 2,
48-50) Por lo tanto, Jesús tenía conciencia de que « nadie conoce
bien al Hijo sino el Padre » (cf. Mt 11, 27), tanto que aun
aquella, a la cual había sido revelado más profundamente el misterio
de su filiación divina, su Madre, vivía en la intimidad con este
misterio sólo por medio de la fe. Hallándose al lado del hijo, bajo
un mismo techo y « manteniendo fielmente la unión con su Hijo », «
avanzaba en la peregrinación de la fe »,como subraya el
Concilio.37
Y así sucedió a lo largo de la vida pública de Cristo (cf. Mc
3, 21,35); de donde, día tras día, se cumplía en ella la bendición
pronunciada por Isabel en la visitación: « Feliz la que ha creído ».
18. Esta
bendición alcanza su pleno significado, cuando María está junto a
la Cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25). El Concilio afirma
que esto sucedió « no sin designio divino »: « se condolió
vehementemente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a
su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima
engendrada por Ella misma »; de este modo María « mantuvo fielmente
la unión con su Hijo hasta la Cruz »:
38
la unión por medio de la fe, la misma fe con la que había acogido la
revelación del ángel en el momento de la anunciación. Entonces había
escuchado las palabras: « El será grande ... el Señor Dios le
dará el trono de David, su padre ... reinará sobre la casa de Jacob
por los siglos y su reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33).
Y he aquí
que, estando junto a la Cruz, María es testigo, humanamente
hablando, de un completo desmentido de estas palabras. Su
Hijo agoniza sobre aquel madero como un condenado. « Despreciable y
desecho de hombres, varón de dolores ... despreciable y no le
tuvimos en cuenta »: casi anonadado (cf. Is 53, 35)
¡Cuan grande, cuan heroica en esos momentos la obediencia de la
fe demostrada por María ante los « insondables designios » de
Dios! ¡Cómo se « abandona en Dios » sin reservas, « prestando el
homenaje del entendimiento y de la voluntad »
39
a aquel, cuyos « caminos son inescrutables »! (cf. Rom 11,
33). Y a la vez ¡cuan poderosa es la acción de la gracia en su alma,
cuan penetrante es la influencia del Espíritu Santo, de su luz y de
su fuerza!
Por
medio de esta fe María está unida perfectamente a Cristo en su
despojamiento. En efecto, « Cristo, ... siendo de condición
divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se
despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose
semejante a los hombres »; concretamente en el Gólgota « se humilló
a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz » (cf.
Flp 2, 5-8). A los pies de la Cruz María participa por
medio de la fe en el desconcertante misterio de este despojamiento.
Es ésta tal vez la más profunda « kénosis » de la fe en la historia
de la humanidad. Por medio de la fe la Madre participa en la muerte
del Hijo, en su muerte redentora; pero a diferencia de la de los
discípulos que huían, era una fe mucho más iluminada. Jesús en el
Gólgota, a través de la Cruz, ha confirmado definitivamente ser el «
signo de contradicción », predicho por Simeón. Al mismo tiempo, se
han cumplido las palabras dirigidas por él a María: « ¡y a ti misma
una espada te atravesará el alma! ».40
19. ¡Sí,
verdaderamente « feliz la que ha creído »! Estas palabras,
pronunciadas por Isabel después de la anunciación, aquí, a los pies
de la Cruz, parecen resonar con una elocuencia suprema y se hace
penetrante la fuerza contenida en ellas. Desde la Cruz, es decir,
desde el interior mismo del misterio de la redención, se extiende el
radio de acción y se dilata la perspectiva de aquella bendición de
fe. Se remonta « hasta el comienzo » y, como participación en el
sacrificio de Cristo, nuevo Adán, en cierto sentido, se convierte en
el contrapeso de la desobediencia y de la incredulidad
contenidas en el pecado de los primeros padres. Así enseñan los
Padres de la Iglesia y, de modo especial, San Ireneo, citado por la
Constitución Lumen gentium: « El nudo de la desobediencia de
Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen
Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe
»,41
A la luz de esta comparación con Eva los Padres —como recuerda
todavía el Concilio— llaman a María « Madre de los vivientes » y
afirman a menudo: a la muerte vino por Eva, por María la vida ».42
Con
razón, pues, en la expresión « feliz la que ha creído » podemos
encontrar como una clave que nos abre a la realidad íntima de
María, a la que el ángel ha saludado como « llena de gracia ». Si
como a llena de gracia » ha estado presente eternamente en el
misterio de Cristo, por la fe se convertía en partícipe en toda la
extensión de su itinerario terreno: « avanzó en la peregrinación de
la fe » y al mismo tiempo, de modo discreto pero directo y eficaz,
hacía presente a los hombres el misterio de Cristo. Y sigue
haciéndolo todavía. Y por el misterio de Cristo está presente entre
los hombres. Así, mediante el misterio del Hijo, se aclara también
el misterio de la Madre.
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3.
Ahí tienes a tu madre
20. El
evangelio de Lucas recoge el momento en el que « alzó la voz una
mujer de entre la gente, y dijo, dirigiéndose a Jesús: « ¡Dichoso
el seno que te llevó y los pechos que te criaron! » (Lc
11, 27). Estas palabras constituían una alabanza para María como
madre de Jesús, según la carne. La Madre de Jesús quizás no era
conocida personalmente por esta mujer. En efecto, cuando Jesús
comenzó su actividad mesiánica, María no le acompañaba y seguía
permaneciendo en Nazaret. Se diría que las palabras de aquella mujer
desconocida le hayan hecho salir, en cierto modo, de su
escondimiento.
A través
de aquellas palabras ha pasado rápidamente por la mente de la
muchedumbre, al menos por un instante, el evangelio de la infancia
de Jesús. Es el evangelio en que María está presente como la madre
que concibe a Jesús en su seno, le da a luz y le amamanta
maternalmente: la madre-nodriza, a la que se refiere aquella mujer
del pueblo. Gracias a esta maternidad Jesús —Hijo del
Altísimo (cf. Lc 1, 32)— es un verdadero hijo del hombre.
Es «carne », como todo hombre: es « el Verbo (que) se hizo carne »
(cf. Jn 1, 14). Es carne y sangre de María.43
Pero a la
bendición proclamada por aquella mujer respecto a su madre según la
carne, Jesús responde de manera significativa: « Dichosos más bien
los que oyen la Palabra de Dios y la guardan » (cf. Lc
11, 28). Quiere quitar la atención de la maternidad entendida sólo
como un vínculo de la carne, para orientarla hacia aquel misterioso
vínculo del espíritu, que se forma en la escucha y en la observancia
de la palabra de Dios.
El mismo
paso a la esfera de los valores espirituales se delinea aun más
claramente en otra respuesta de Jesús, recogida por todos los
Sinópticos. Al ser anunciado a Jesús que su « madre y sus hermanos
están fuera y quieren verle », responde: « Mi madre y mis
hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen »
(cf. Lc 8, 20-21). Esto dijo « mirando en torno a
los que estaban sentados en corro », como leemos en Marcos (3, 34)
o, según Mateo (12, 49) « extendiendo su mano hacia sus discípulos
».
Estas
expresiones parecen estar en la línea de lo que Jesús, a la edad
de doce años, respondió a María y a José, al ser encontrado
después de tres días en el templo de Jerusalén.
Así pues,
cuando Jesús se marchó de Nazaret y dio comienzo a su vida pública
en Palestina, ya estaba completa y exclusivamente «
ocupado en las cosas del Padre » (cf. Lc 2, 49).
Anunciaba el Reino: « Reino de Dios » y « cosas del Padre », que dan
también una dimensión nueva y un sentido nuevo a todo lo que es
humano y, por tanto, a toda relación humana, respecto a las
finalidades y tareas asignadas a cada hombre. En esta dimensión
nueva un vínculo, como el de la « fraternidad », significa también
una cosa distinta de la « fraternidad según la carne », que deriva
del origen común de los mismos padres. Y aun la « maternidad
», en la dimensión del reino de Dios, en la esfera de la
paternidad de Dios mismo, adquiere un significado diverso. Con
las palabras recogidas por Lucas Jesús enseña precisamente este
nuevo sentido de la maternidad.
¿Se aleja
con esto de la que ha sido su madre según la carne? ¿Quiere tal vez
dejarla en la sombra del escondimiento, que ella misma ha elegido?
Si así puede parecer en base al significado de aquellas palabras, se
debe constatar, sin embargo, que la maternidad nueva y distinta, de
la que Jesús habla a sus discípulos, concierne concretamente a María
de un modo especialísimo. ¿No es tal vez María la primera entre
«aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen »? Y
por consiguiente ¿no se refiere sobre todo a ella aquella bendición
pronunciada por Jesús en respuesta a las palabras de la mujer
anónima? Sin lugar a dudas, María es digna de bendición por el hecho
de haber sido para Jesús Madre según la carne (« ¡Dichoso el seno
que te llevó y los pechos que te criaron! »), pero también y sobre
todo porque ya en el instante de la anunciación ha acogido la
palabra de Dios, porque ha creído, porque fue obediente a Dios,
porque « guardaba » la palabra y « la conservaba cuidadosamente
en su corazón » (cf. Lc 1, 38.45; 2, 19. 51 ) y la cumplía
totalmente en su vida. Podemos afirmar, por lo tanto, que el elogio
pronunciado por Jesús no se contrapone, a pesar de las apariencias,
al formulado por la mujer desconocida, sino que viene a coincidir
con ella en la persona de esta Madre-Virgen, que se ha llamado
solamente « esclava del Señor » (Lc 1, 38). Sies
cierto que « todas las generaciones la llamarán bienaventurada »
(cf. Lc 1, 48), se puede decir que aquella mujer
anónima ha sido la primera en confirmar inconscientemente aquel
versículo profético del Magníficat de María y dar comienzo al
Magníficat de los siglos.
Si por
medio de la fe María se ha convertido en la Madre del Hijo que
le ha sido dado por el Padre con el poder del Espíritu Santo,
conservando íntegra su virginidad, en la misma fe ha descubierto
y acogido la otra dimensión de la maternidad, revelada por Jesús
durante su misión mesiánica. Se puede afirmar que esta dimensión de
la maternidad pertenece a María desde el comienzo, o sea desde el
momento de la concepción y del nacimiento del Hijo. Desde entonces
era « la que ha creído ». A medida que se esclarecía ante sus ojos y
ante su espíritu la misión del Hijo, ella misma como Madre se
abría cada vez más a aquella « novedad »de la
maternidad, que debía constituir su « papel » junto al Hijo. ¿No
había dicho desde el comienzo: « He aquí la esclava del Señor;
hágase en mí según tu palabra »? (Lc 1, 38). Por medio
de la fe María seguía oyendo y meditando aquella palabra, en la que
se hacía cada vez más transparente, de un modo « que excede todo
conocimiento » (Ef 3, 19), la autorrevelación del Dios
viviente. María madre se convertía así, en cierto sentido, en la
primera « discípula » de su Hijo, la primera a la
cual parecía decir: « Sígueme » antes aún de dirigir esa llamada a
los apóstoles o a cualquier otra persona (cf. Jn 1, 43).
21. Bajo
este punto de vista, es particularmente significativo el texto del
Evangelio de Juan, que nos presenta a María en las bodas de
Caná. María aparece allí como Madre de Jesús al comienzo de su vida
pública: « Se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba
allí la Madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus
discípulos (Jn 2, 1-2). Según el texto resultaría que Jesús y
sus discípulos fueron invitados junto con María, dada su presencia
en aquella fiesta: el Hijo parece que fue invitado en razón de la
madre. Es conocida la continuación de los acontecimientos
concatenados con aquella invitación, aquel « comienzo de las señales
» hechas por Jesús —el agua convertida en vino—, que hace decir al
evangelista: Jesús « manifestó su gloria, y creyeron en él sus
discípulos » (Jn 2, 11).
María
está presente en Caná de Galilea como Madre de Jesús, y de
modo significativo contribuye a aquel « comienzo de las
señales », que revelan el poder mesiánico de su Hijo. He aquí que: «
como faltaba vino, le dice a Jesús su Madre: "no tienen vino". Jesús
le responde: « ¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado
mi hora » (Jn 2, 3-4). En el Evangelio de Juan aquella
« hora » significa el momento determinado por el Padre, en el que el
Hijo realiza su obra y debe ser glorificado (cf. Jn 7, 30; 8,
20; 12, 23. 27; 13, 1; 17, 1; 19, 27). Aunque la respuesta de
Jesús a su madre parezca como un rechazo (sobre todo si se mira, más
que a la pregunta, a aquella decidida afirmación: « Todavía no ha
llegado mi hora »), a pesar de esto María se dirige a los criados y
les dice: « Haced lo que él os diga » (Jn 2, 5). Entonces
Jesús ordena a los criados llenar de agua las tinajas, y el agua se
convierte en vino, mejor del que se había servido antes a los
invitados al banquete nupcial.
¿Qué
entendimiento profundo se ha dado entre Jesús y su Madre? ¿Cómo
explorar el misterio de su íntima unión espiritual? De todos modos
el hecho es elocuente. Es evidente que en aquel hecho se delinea ya
con bastante claridad la nueva dimensión, el nuevo sentido
de la maternidad de María. Tiene un significado que no está
contenido exclusivamente en las palabras de Jesús y en los
diferentes episodios citados por los Sinópticos (Lc 11,
27-28; 8, 19-21; Mt 12, 46-50; Mc 3, 31-35). En estos
textos Jesús intenta contraponer sobre todo la maternidad,
resultante del hecho mismo del nacimiento, a lo que esta «
maternidad » (al igual que la « fraternidad ») debe ser en la
dimensión del Reino de Dios, en el campo salvífico de la paternidad
de Dios. En el texto joánico, por el contrario, se delinea en la
descripción del hecho de Caná lo que concretamente se manifiesta
como nueva maternidad según el espíritu y no únicamente según la
carne, o sea la solicitud de María por los hombres, el ir a
su encuentro en toda la gama de sus necesidades. En Caná de Galilea
se muestra sólo un aspecto concreto de la indigencia humana,
aparentemente pequeño y de poca importancia « No tienen vino »).
Pero esto tiene un valor simbólico. El ir al encuentro de las
necesidades del hombre significa, al mismo tiempo, su introducción
en el radio de acción de la misión mesiánica y del poder salvífico
de Cristo. Por consiguiente, se da una mediación: María se pone
entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones,
indigencias y sufrimientos. Se pone « en medio », o
sea hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel
de madre, consciente de que como tal puede —más bien « tiene el
derecho de »— hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres.
Su mediación, por lo tanto, tiene un carácter de intercesión: María
« intercede » por los hombres. No sólo: como Madre desea también
que se manifieste el poder mesiánico del Hijo, es decir su poder
salvífico encaminado a socorrer la desventura humana, a liberar al
hombre del mal que bajo diversas formas y medidas pesa sobre su
vida. Precisamente como había predicho del Mesías el Profeta Isaías
en el conocido texto, al que Jesús se ha referido ante sus
conciudadanos de Nazaret « Para anunciar a los pobres la Buena
Nueva, para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los
ciegos ... » (cf. Lc 4, 18).
Otro
elemento esencial de esta función materna de María se encuentra en
las palabras dirigidas a los criados: « Haced lo que él os diga ».
La Madre de Cristo se presenta ante los hombres como
portavoz de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas
exigencias que deben cumplirse. para que pueda manifestarse el poder
salvífico del Mesías. En Caná, merced a la intercesión de María y a
la obediencia de los criados, Jesús da comienzo a « su hora ». En
Caná María aparece como la que cree en Jesús; su fe
provoca la primera « señal » y contribuye a suscitar la fe de los
discípulos.
22.
Podemos decir, por tanto, que en esta página del Evangelio de Juan
encontramos como un primer indicio de la verdad sobre la solicitud
materna de María. Esta verdad ha encontrado su expresión en el
magisterio del último Concilio. Es importante señalar cómo la
función materna de María es ilustrada en su relación con la
mediación de Cristo. En efecto, leemos lo siguiente: « La misión
maternal de María hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni
disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su
eficacia », porque « hay un solo mediador entre Dios y los hombres,
Cristo Jesús, hombre también » (1 Tm 2, 5). Esta función
materna brota, según el beneplácito de Dios, « de la superabundancia
de los méritos de Cristo... de ella depende totalmente y de la misma
saca toda su virtud ».44
Y precisamente en este sentido el hecho de Caná de Galilea, nos
ofrece como una predicción de la mediación de María,
orientada plenamente hacia Cristo y encaminada a la revelación de su
poder salvífico.
Por el
texto joánico parece que se trata de una mediación maternal. Como
proclama el Concilio: María « es nuestra Madre en el orden de la
gracia ». Esta maternidad en el orden de la gracia ha surgido de su
misma maternidad divina, porque siendo, por disposición de la divina
providencia, madre-nodriza del divino Redentor se ha convertido de «
forma singular en la generosa colaboradora entre todas las creaturas
y la humilde esclava del Señor » y que « cooperó ... por la
obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la
restauración de la vida sobrenatural de las almas ».45
« Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la
economía de la gracia ... hasta la consumación de todos los
elegidos ».46
23. Si el
pasaje del Evangelio de Juan sobre el hecho de Caná presenta la
maternidad solícita de María al comienzo de la actividad mesiánica
de Cristo, otro pasaje del mismo Evangelio confirma esta maternidad
de María en la economía salvífica de la gracia en su momento
culminante, es decir cuando se realiza el sacrificio de la Cruz de
Cristo, su misterio pascual. La descripción de Juan es concisa: «
Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre y la hermana de su
madre. María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a
su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre:
Mujer, ahí tienes a tu hijo". Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a
tu madre". Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa »
(Jn 19, 25-27).
Sin lugar
a dudas se percibe en este hecho una expresión de la particular
atención del Hijo por la Madre, que dejaba con tan grande dolor. Sin
embargo, sobre el significado de esta atención el « testamento de la
Cruz » de Cristo dice aún más. Jesús ponía en evidencia un nuevo
vínculo entre Madre e Hijo, del que confirma solemnemente toda la
verdad y realidad. Se puede decir que, si la maternidad de María
respecto de los hombres ya había sido delineada precedentemente,
ahora es precisada y establecida claramente; ella emerge de
la definitiva maduración del misterio pascual del Redentor.
La Madre de Cristo, encontrándose en el campo directo de este
misterio que abarca al hombre —a cada uno y a todos—, es entregada
al hombre —a cada uno y a todos— como madre. Este hombre junto a la
cruz es Juan, « el discípulo que él amaba ».47
Pero no está él solo. Siguiendo la tradición, el Concilio no duda en
llamar a María « Madre de Cristo, madre de los hombres ».
Pues, está « unida en la estirpe de Adán con todos los hombres...;
más aún, es verdaderamente madre de los miembros de Cristo por haber
cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles ».48
Por
consiguiente, esta « nueva maternidad de María », engendrada por la
fe, es fruto del « nuevo » amor, que maduró en
ella definitivamente junto a la Cruz, por medio de su participación
en el amor redentor del Hijo.
24. Nos
encontramos así en el centro mismo del cumplimiento de la promesa,
contenida en el protoevangelio: el « linaje de la mujer pisará la
cabeza de la serpiente » (cf. Gén 3, 15). Jesucristo,
en efecto, con su muerte redentora vence el mal del pecado y de la
muerte en sus mismas raíces. Es significativo que, al dirigirse a la
madre desde lo alto de la Cruz, la llame « mujer » y le diga: «
Mujer, ahí tienes a tu hijo ». Con la misma palabra, por otra parte,
se había dirigido a ella en Caná (cf. Jn 2, 4). ¿Cómo
dudar que especialmente ahora, en el Gólgota, esta frase no se
refiera en profundidad al misterio de María, alcanzando el singular
lugar que ella ocupa en toda la economía de la salvación?
Como enseña el Concilio, con María, « excelsa Hija de Sión, tras
larga espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y
se inaugura la nueva economía, cuando el Hijo de Dios asumió de ella
la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los
misterios de su carne ».49
Las
palabras que Jesús pronuncia desde lo alto de la Cruz significan que
la maternidad de su madre encuentra una « nueva »
continuación en la Iglesia y a través de la Iglesia,
simbolizada y representada por Juan. De este modo, la que como «
llena de gracia » ha sido introducida en el misterio de Cristo para
ser su Madre, es decir, la Santa Madre de Dios, por medio de la
Iglesia permanece en aquel misterio como « la mujer »
indicada por el libro del Génesis (3, 15) al comienzo y por
el Apocalipsis (12, 1) al final de la historia de la
salvación. Según el eterno designio de la Providencia la maternidad
divina de María debe derramarse sobre la Iglesia, como indican
algunas afirmaciones de la Tradición para las cuales la « maternidad
» de María respecto de la Iglesia es el reflejo y la prolongación de
su maternidad respecto del Hijo de Dios.50
Ya el
momento mismo del nacimiento de la Iglesia y de su plena
manifestación al mundo, según el Concilio, deja entrever esta
continuidad de la maternidad de María: « Como quiera que plugo a
Dios no manifestar solemnemente el sacramento de la salvación humana
antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo, vemos a los
apóstoles antes del día de Pentecostés "perseverar unánimemente
en la oración, con las mujeres y María la Madre de Jesús
y los hermanos de Este" (Hch 1, 14); y a María implorando con
sus ruegos el don del Espíritu Santo, quien ya la había cubierto con
su sombra en la anunciación ».51
Por
consiguiente, en la economía de la gracia, actuada bajo la acción
del Espíritu Santo, se da una particular correspondencia entre el
momento de la encarnación del Verbo y el del nacimiento de la
Iglesia. La persona que une estos dos momentos es María: María en
Nazaret y María en el cenáculo de Jerusalén. En ambos casos su
presencia discreta, pero esencial, indica el camino del « nacimiento
del Espíritu ». Así la que está presente en el misterio de Cristo
como Madre, se hace —por voluntad del Hijo y por obra del Espíritu
Santo— presente en el misterio de la Iglesia. También en la Iglesia
sigue siendo una presencia materna, como indican las palabras
pronunciadas en la Cruz: « Mujer, ahí tienes a tu hijo »; « Ahí
tienes a tu madre ».
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II PARTE - LA MADRE DE DIOS EN EL CENTRO DE
LA IGLESIA PEREGRINA
1.
La Iglesia, Pueblo de Dios radicado en todas las naciones de la
tierra
25. « La
Iglesia, "va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los
consuelos de Dios",52
anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que El venga (cf. 1
Co 11, 26) ».53
« Así como el pueblo de Israel según la carne, el peregrino del
desierto, es llamado alguna vez Iglesia de Dios (cf. 2 Esd
13, 1; Núm 20, 4; Dt 23, 1 ss.), así el nuevo
Israel... se llama Iglesia de Cristo (cf. Mt 16, 18),
porque El la adquirió con su sangre (cf. Hch 20, 28), la
llenó de su Espíritu y la proveyó de medios aptos para una unión
visible y social. La congregación de todos los creyentes que
miran a Jesús como autor de la salvación y principio de la
unidad y de la paz, es la Iglesia convocada y constituida por Dios
para que sea sacramento visible de esta unidad salutífera para todos
y cada uno ».54
El
Concilio Vaticano II habla de la Iglesia en camino, estableciendo
una analogía con el Israel de la Antigua Alianza en camino a través
del desierto. El camino posee un carácter incluso
exterior, visible en el tiempo y en el espacio, en el que se
desarrolla históricamente. La Iglesia, en efecto, debe « extenderse
por toda la tierra », y por esto « entra en la historia humana
rebasando todos los límites de tiempo y de lugares ».55
Sin embargo, el carácter esencial de su camino es
interior. Se trata de una peregrinación a través de la fe,
por « la fuerza del Señor Resucitado »,56
de una peregrinación en el Espíritu Santo, dado a la Iglesia como
invisible Consolador (parákletos) (cf. Jn 14,
26; 15, 26; 16, 7): « Caminando, pues, la Iglesia a través de los
peligros y de tribulaciones, de tal forma se ve confortada por la
fuerza de la gracia de Dios que el Señor le prometió ... y no deja
de renovarse a sí misma bajo la acción del Espíritu Santo hasta que
por la cruz llegue a la luz sin ocaso ».57
Precisamente en este camino —peregrinación eclesial— a través
del espacio y del tiempo, y más aún a través de la historia de las
almas, María está presente, como la que es « feliz porque ha
creído », como la que avanzaba « en la peregrinación de la fe »,
participando como ninguna otra criatura en el misterio de Cristo.
Añade el Concilio que « María ... habiendo entrado íntimamente en la
historia de la salvación, en cierta manera en sí une y refleja las
más grandes exigencias de la fe ».58
Entre todos los creyentes es como un « espejo »,
donde se reflejan del modo más profundo y claro « las maravillas
de Dios » (Hch 2, 11).
26.
La Iglesia, edificada por Cristo sobre los apóstoles, se hace
plenamente consciente de estas grandes obras de Dios el día de
Pentecostés, cuando los reunidos en el cenáculo « quedaron todos
llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas,
según el Espíritu les concedía expresarse » (Hch 2, 4).
Desde aquel momento inicia también aquel camino de fe,
la peregrinación de la Iglesia a través de la historia de los
hombres y de los pueblos. Se sabe que al comienzo de este camino
está presente María, que vemos en medio de los apóstoles en el
cenáculo « implorando con sus ruegos el don del Espíritu ».59
Su camino
de fe es, en cierto modo, más largo. El Espíritu Santo ya ha
descendido a ella, que se ha convertido en su esposa fiel en la
anunciación, acogiendo al Verbo de Dios verdadero, prestando «
el homenaje del entendimiento y de la voluntad, y asintiendo
voluntariamente a la revelación hecha por El », más aún
abandonándose plenamente en Dios por medio de « la obediencia de la
fe »,60
por la que respondió al ángel: « He aquí la esclava del Señor;
hágase en mí según tu palabra ». El camino de fe de María, a la que
vemos orando en el cenáculo, es por lo tanto « más largo » que el de
los demás reunidos allí: María les « precede », « marcha delante de
» ellos.61
El momento de Pentecostés en Jerusalén ha sido preparado,
además de la Cruz, por el momento de la Anunciación en
Nazaret. En el cenáculo el itinerario de María se encuentra con el
camino de la fe de la Iglesia ¿De qué manera?
Entre los
que en el cenáculo eran asiduos en la oración, preparándose para ir
« por todo el mundo » después de haber recibido el Espíritu Santo,
algunos habían sido llamados por Jesús sucesivamente desde el
inicio de su misión en Israel. Once de ellos habían sido
constituidos apóstoles, y a ellos Jesús había transmitido
la misión que él mismo había recibido del Padre: « Como el Padre me
envió, también yo os envío » (Jn 20, 21), había dicho a los
apóstoles después de la resurrección. Y cuarenta días más tarde,
antes de volver al Padre, había añadido: cuando « el Espíritu Santo
vendrá sobre vosotros ... seréis mis testigos... hasta los
confines de la tierra » (cf. Hch 1, 8). Esta misión de los
apóstoles comienza en el momento de su salida del cenáculo de
Jerusalén. La Iglesia nace y crece entonces por medio del testimonio
que Pedro y los demás apóstoles dan de Cristo crucificado y
resucitado (cf. Hch 2, 31-34; 3, 15-18; 4, 10-12; 5, 30-32).
María
no ha recibido directamente esta misión apostólica. No se
encontraba entre los que Jesús envió « por todo el mundo para
enseñar a todas las gentes » (cf. Mt 28, 19), cuando les
confirió esta misión. Estaba, en cambio, en el cenáculo, donde los
apóstoles se preparaban a asumir esta misión con la venida del
Espíritu de la Verdad: estaba con ellos. En medio de ellos María «
perseveraba en la oración » como « madre de Jesús » (Hch 1,
13-14), o sea de Cristo crucificado y resucitado. Y aquel primer
núcleo de quienes en la fe miraban « a Jesús como autor de la
salvación »,62
era consciente de que Jesús era el Hijo de María, y que ella era su
madre, y como tal era, desde el momento de la concepción y del
nacimiento, un testigo singular del misterio de Jesús, de
aquel misterio que ante sus ojos se había manifestado y confirmado
con la Cruz y la resurrección. La Iglesia, por tanto, desde el
primer momento, « miró » a María, a través de Jesús, como « miró » a
Jesús a través de María. Ella fue para la Iglesia de entonces y de
siempre un testigo singular de los años de la infancia de Jesús y de
su vida oculta en Nazaret, cuando « conservaba cuidadosamente
todas las cosas en su corazón » (Lc 2, 19; cf. Lc
2, 51).
Pero en
la Iglesia de entonces y de siempre María ha sido y es sobre todo la
que es « feliz porque ha creído »: ha sido la primera en creer.
Desde el momento de la anunciación y de la concepción, desde el
momento del nacimiento en la cueva de Belén, María siguió paso tras
paso a Jesús en su maternal peregrinación de fe. Lo siguió a través
de los años de su vida oculta en Nazaret; lo siguió también en el
período de la separación externa, cuando él comenzó a « hacer y
enseñar » (cf. Hch 1, 1 ) en Israel; lo siguió sobre todo en
la experiencia trágica del Gólgota. Mientras María se encontraba con
los apóstoles en el cenáculo de Jerusalén en los albores de la
Iglesia, se confirmaba su fe, nacida de las palabras
de la anunciación. El ángel le había dicho entonces: « Vas a
concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por
nombre Jesús. El será grande.. reinará sobre la casa de Jacob por
los siglos y su reino no tendrá fin » (Lc 1, 32-33). Los
recientes acontecimientos del Calvario habían cubierto de tinieblas
aquella promesa; y ni siquiera bajo la Cruz había disminuido la fe
de María. Ella también, como Abraham, había sido la que « esperando
contra toda esperanza, creyó » (Rom 4, 18). Y he aquí que,
después de la resurrección, la esperanza había descubierto su
verdadero rostro y la promesa había comenzado a transformarse en
realidad. En efecto, Jesús, antes de volver al Padre, había
dicho a los apóstoles: « Id, pues, y haced discípulos a todas las
gentes ... Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta
el fin del mundo » (Mt 28, 19.20). Así había hablado el que,
con su resurrección, se reveló como el triunfador de la muerte, como
el señor del reino que « no tendrá fin », conforme al anuncio del
ángel.
27. Ya en
los albores de la Iglesia, al comienzo del largo camino por medio de
la fe que comenzaba con Pentecostés en Jerusalén, María estaba con
todos los que constituían el germen del « nuevo Israel ». Estaba
presente en medio de ellos como un testigo excepcional del misterio
de Cristo. Y la Iglesia perseveraba constante en la oración junto a
ella y, al mismo tiempo, « la contemplaba a la luz del Verbo
hecho hombre ». Así sería siempre. En efecto, cuando la Iglesia
« entra más profundamente en el sumo misterio de la Encarnación »,
piensa en la Madre de Cristo con profunda veneración y piedad.63
María pertenece indisolublemente al misterio de Cristo y pertenece
además al misterio de la Iglesia desde el comienzo, desde el día de
su nacimiento. En la base de lo que la Iglesia es desde el comienzo,
de lo que debe ser constantemente, a través de las generaciones, en
medio de todas las naciones de la tierra, se encuentra la que « ha
creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del
Señor » (Lc 1, 45). Precisamente esta fe de María, que señala
el comienzo de la nueva y eterna Alianza de Dios con la humanidad en
Jesucristo, esta heroica fe suya « precede » el
testimonio apostólico de la Iglesia, y permanece en el corazón
de la Iglesia, escondida como un especial patrimonio de la
revelación de Dios. Todos aquellos que, a lo largo de las
generaciones, aceptando el testimonio apostólico de la Iglesia
participan de aquella misteriosa herencia, en cierto sentido,
participan de la fe de María.
Las
palabras de Isabel « feliz la que ha creído » siguen acompañando a
María incluso en Pentecostés, la siguen a través de las
generaciones, allí donde se extiende, por medio del testimonio
apostólico y del servicio de la Iglesia, el conocimiento del
misterio salvífico de Cristo. De este modo se cumple la profecía del
Magníficat: « Me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo
» (Lc 1, 48-49). En efecto, al conocimiento del misterio de
Cristo sigue la bendición de su Madre bajo forma de especial
veneración para la Theotókos. Pero en esa veneración está
incluida siempre la bendición de su fe. Porque la Virgen de Nazaret
ha llegado a ser bienaventurada por medio de esta fe, de acuerdo con
las palabras de Isabel. Los que a través de los siglos, de entre los
diversos pueblos y naciones de la tierra, acogen con fe el misterio
de Cristo, Verbo encarnado y Redentor del mundo, no sólo se dirigen
con veneración y recurren con confianza a María como a su Madre,
sino que buscan en su fe el sostén para la propia fe. Y
precisamente esta participación viva de la fe de María decide su
presencia especial en la peregrinación de la Iglesia como nuevo
Pueblo de Dios en la tierra.
28. Como
afirma el Concilio: « María ... habiendo entrado íntimamente en la
historia de la salvación ... mientras es predicada y honrada atrae a
los creyentes hacia su Hijo y su sacrificio, y hacia el amor del
Padre ».64
Por lo tanto, en cierto modo la fe de María, sobre la base del
testimonio apostólico de la Iglesia, se convierte sin cesar en la fe
del pueblo de Dios en camino: de las personas y comunidades, de los
ambientes y asambleas, y finalmente de los diversos grupos
existentes en la Iglesia. Es una fe que se transmite al mismo tiempo
mediante el conocimiento y el corazón. Se adquiere o se vuelve a
adquirir constantemente mediante la oración. Por tanto « también en
su obra apostólica con razón la Iglesia mira hacia aquella que
engendró a Cristo, concebido por el Espíritu Santo y nacido de
la Virgen, precisamente para que por la Iglesia nazca y crezca
también en los corazones de los fieles ».65
Ahora,
cuando en esta peregrinación de la fe nos acercamos al final del
segundo Milenio cristiano, la Iglesia, mediante el magisterio del
Concilio Vaticano II, llama la atención sobre lo que ve en sí misma.
como un « único Pueblo de Dios ... radicado en todas las naciones de
la tierra », y sobre la verdad según la cual todos los fieles,
aunque a esparcidos por el haz de la tierra comunican en el Espíritu
Santo con los demás »,66
de suerte que se puede decir que en esta unión se realiza
constantemente el misterio de Pentecostés. Al mismo tiempo, los
apóstoles y los discípulos del Señor, en todas las naciones de la
tierra « perseveran en la oración en compañía de María, la madre
de Jesús » (cf. Hch 1, 14). Constituyendo a través de las
generaciones « el signo del Reino » que no es de este mundo,67
ellos son asimismo conscientes de que en medio de este mundo
tienen que reunirse con aquel Rey, al que han sido dados en
herencia los pueblos (Sal 2, 8), al que el Padre ha dado « el
trono de David su padre », por lo cual « reina sobre la casa de
Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin ».
En este
tiempo de vela María, por medio de la misma fe que la hizo
bienaventurada especialmente desde el momento de la anunciación,
está presente en la misión y en la obra de la Iglesia que
introduce en el mundo
el Reino de su
Hijo.68
Esta presencia de María encuentra
múltiples medios de expresión en nuestros días al igual que a lo
largo de la historia de la Iglesia. Posee también un amplio radio de
acción; por medio de la fe y la piedad de los fieles, por medio de
las tradiciones de las familias cristianas o « iglesias domésticas
», de las comunidades parroquiales y misioneras, de los institutos
religiosos, de las diócesis, por medio de la fuerza atractiva e
irradiadora de los grandes santuarios, en los que no sólo los
individuos o grupos locales, sino a veces naciones enteras y
continentes, buscan el encuentro con la Madre del Señor, con la que
es bienaventurada porque ha creído; es la primera entre los
creyentes y por esto se ha convertido en Madre del Emmanuel. Este es
el mensaje de la tierra de Palestina, patria espiritual de todos los
cristianos, al ser patria del Salvador del mundo y de su Madre. Este
es el mensaje de tantos templos que en Roma y en el mundo entero la
fe cristiana ha levantado a lo largo de los siglos. Este es el
mensaje de los centros como Guadalupe, Lourdes, Fátima y de los
otros diseminados en las distintas naciones, entre los que no puedo
dejar de citar el de mi tierra natal Jasna Gora. Tal vez se podría
hablar de una específica a « geografía » de la fe y de la piedad
mariana, que abarca todos estos lugares de especial peregrinación
del Pueblo de Dios, el cual busca el encuentro con la Madre de Dios
para hallar, en el ámbito de la materna presencia de « la que ha
creído », la consolidación de la propia fe. En efecto, en la fe
de María, ya en la anunciación y definitivamente junto a la
Cruz, se ha vuelto a abrir por parte del hombre aquel espacio
interior en el cual el eterno Padre puede colmarnos « con toda
clase de bendiciones espirituales »: el espacio « de la nueva y
eterna Alianza ».69
Este espacio subsiste en la Iglesia, que es en Cristo como « un
sacramento ... de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el
género humano ».70
En la fe,
que María profesó en la Anunciación como « esclava del Señor » y en
la que sin cesar « precede » al « Pueblo de Dios » en camino por
toda la tierra, la Iglesia « tiende eficaz y
constantemente a recapitular la Humanidad entera ... bajo Cristo
como Cabeza, en la unidad de su Espíritu ».71
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2.
El camino de la Iglesia y la unidad de todos los cristianos
29. « El
Espíritu promueve en todos los discípulos de Cristo el deseo y la
colaboración para que todos se unan en paz, en un rebaño y
bajo un solo pastor, como Cristo determinó ».72
El camino de la Iglesia, de modo especial en nuestra época, está
marcado por el signo del ecumenismo; los cristianos buscan las vías
para reconstruir la unidad, por la que Cristo invocaba al Padre por
sus discípulos el día antes de la pasión: « para que todos sean
uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean
uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado
» (Jn 17, 21). Por consiguiente, la unidad de los
discípulos de Cristo es un gran signo para suscitar la fe del mundo,
mientras su división constituye un escándalo.73
El
movimiento ecuménico, sobre la base de una conciencia más lúcida y
difundida de la urgencia de llegar a la unidad de todos los
cristianos, ha encontrado por parte de la Iglesia católica su
expresión culminante en el Concilio Vaticano II. Es necesario que
los cristianos profundicen en sí mismos y en cada una de sus
comunidades aquella « obediencia de la fe », de la que María es el
primer y más claro ejemplo. Y dado que « antecede con su luz al
pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y
consuelo », ofrece gran gozo y consuelo para este sacrosanto
Concilio el hecho de que tampoco falten entre los hermanos
separados quienes tributan debido honor a la Madre del Señor y
Salvador, especialmente entre los Orientales ».74
30. Los
cristianos saben que su unidad se conseguirá verdaderamente sólo si
se funda en la unidad de su fe. Ellos deben resolver discrepancias
de doctrina no leves sobre el misterio y ministerio de la Iglesia, y
a veces también sobre la función de María en la obra de la
salvación.75
Los diferentes coloquios, tenidos por la Iglesia católica con las
Iglesias y las Comunidades eclesiales de Occidente,76
convergen cada vez más sobre estos dos aspectos inseparables
del mismo misterio de la salvación. Si el misterio del Verbo
encarnado nos permite vislumbrar el misterio de la maternidad divina
y si, a su vez, la contemplación de la Madre de Dios nos introduce
en una comprensión más profunda del misterio de la Encarnación, lo
mismo se debe decir del misterio de la Iglesia y de la función de
María en la obra de la salvación. Profundizando en uno y otro,
iluminando el uno por medio del otro, los cristianos deseosos de
hacer —como les recomienda su Madre— lo que Jesús les diga (cf.
Jn 2, 5), podrán caminar juntos en aquella « peregrinación de la
fe », de la que María es todavía ejemplo y que debe guiarlos a la
unidad querida por su único Señor y tan deseada por quienes están
atentamente a la escucha de lo que hoy « el Espíritu dice a las
Iglesias » (Ap 2, 7. 11. 17).
Entre
tanto es un buen auspicio que estas Iglesias y Comunidades
eclesiales concuerden con la Iglesia católica en puntos
fundamentales de la fe cristiana, incluso en lo concerniente a la
Virgen María. En efecto, la reconocen como Madre del Señor y
consideran que esto forma parte de nuestra fe en Cristo, verdadero
Dios y verdadero hombre. Estas Comunidades miran a María que, a los
pies de la Cruz, acoge como hijo suyo al discípulo amado, el cual a
su vez la recibe como madre.
¿Por qué,
pues, no mirar hacia ella todos juntos como a nuestra Madre
común, que reza por la unidad de la familia de Dios y que «
precede » a todos al frente del largo séquito de los testigos de la
fe en el único Señor, el Hijo de Dios, concebido en su seno virginal
por obra del Espíritu Santo?
31. Por
otra parte, deseo subrayar cuan profundamente unidas se sienten la
Iglesia católica, la Iglesia ortodoxa y las antiguas Iglesias
orientales por el amor y por la alabanza a la Theotókos. No
sólo « los dogmas fundamentales de la fe cristiana: los de la
Trinidad y del Verbo encarnado en María Virgen han sido definidos en
concilios ecuménicos celebrados en Oriente »,77
sino también en su culto litúrgico « los Orientales ensalzan con
himnos espléndidos a María siempre Virgen ... y Madre Santísima de
Dios ».78
Los
hermanos de estas Iglesias han conocido vicisitudes complejas, pero
su historia siempre ha transcurrido con un vivo deseo de compromiso
cristiano y de irradiación apostólica, aunque a menudo haya estado
marcada por persecuciones incluso cruentas. Es una historia de
fidelidad al Señor, una auténtica « peregrinación de la fe » a
través de lugares y tiempos durante los cuales los cristianos
orientales han mirado siempre con confianza ilimitada a la Madre del
Señor, la han celebrado con encomio y la han invocado con oraciones
incesantes. En los momentos difíciles de la probada existencia
cristiana « ellos se refugiaron bajo su protección »,79
conscientes de tener en ella una ayuda poderosa. Las Iglesias que
profesan la doctrina de Éfeso proclaman a la Virgen « verdadera
Madre de Dios », ya que a nuestro Señor Jesucristo, nacido del Padre
antes de los siglos según la divinidad, en los últimos tiempos, por
nosotros y por nuestra salvación, fue engendrado por María Virgen
Madre de Dios según la carne ».80
Los Padres griegos y la tradición bizantina, contemplando la Virgen
a la luz del Verbo hecho hombre, han tratado de penetrar en la
profundidad de aquel vínculo que une a María, como Madre de Dios,
con Cristo y la Iglesia: la Virgen es una presencia permanente en
toda la extensión del misterio salvífico.
Las
tradiciones coptas y etiópicas han sido introducidas en esta
contemplación del misterio de María por san Cirilo de Alejandría y,
a su vez, la han celebrado con abundante producción poética.81
El genio poético de san Efrén el Sirio, llamado « la cítara del
Espíritu Santo », ha cantado incansablemente a María, dejando una
impronta todavía presente en toda la tradición de la Iglesia
siríaca.82
En su panegírico sobre la Theotókos, san Gregorio de Narek,
una de las glorias más brillantes de Armenia, con fuerte inspiración
poética, profundiza en los diversos aspectos del misterio de la
Encarnación, y cada uno de los mismos es para él ocasión de cantar y
exaltar la dignidad extraordinaria y la magnífica belleza de la
Virgen María, Madre del Verbo encarnado.83
No
sorprende, pues, que María ocupe un lugar privilegiado en el culto
de las antiguas Iglesias orientales con una abundancia incomparable
de fiestas y de himnos.
32. En la
liturgia bizantina, en todas las horas del Oficio divino, la
alabanza a la Madre está unida a la alabanza al Hijo y a la que, por
medio del Hijo, se eleva al Padre en el Espíritu Santo. En la
anáfora o plegaria eucarística de san Juan Crisóstomo, después de la
epíclesis, la comunidad reunida canta así a la Madre de Dios: « Es
verdaderamente justo proclamarte bienaventurada, oh Madre de Dios,
porque eres la muy bienaventurada) toda pura y Madre de nuestro
Dios. Te ensalzamos, porque eres más venerable que los querubines e
incomparablemente más gloriosa que los serafines. Tú, que sin perder
tu virginidad, has dado al mundo el Verbo de Dios. Tú, que eres
verdaderamente la Madre de Dios ».
Estas
alabanzas, que en cada celebración de la liturgia eucarística se
elevan a María, han forjado la fe, la piedad y la oración de los
fieles. A lo largo de los siglos han conformado todo el
comportamiento espiritual de los fieles, suscitando en ellos una
devoción profunda hacia la « Toda Santa Madre de Dios ».
33. Se
conmemora este año el XII centenario del II Concilio ecuménico de
Nicea (a. 787), en el que, al final de la conocida controversia
sobre el culto de las sagradas imágenes, fue definido que, según la
enseñanza de los santos Padres y la tradición universal de la
Iglesia, se podían proponer a la veneración de los fieles, junto con
la Cruz, también las imágenes de la Madre de Dios, de los Ángeles y
de los Santos, tanto en las iglesias como en las casas y en los
caminos.84
Esta costumbre se ha mantenido en todo el Oriente y también en
Occidente. Las imágenes de la Virgen tienen un lugar de honor en las
iglesias y en las casas. María está representada o como trono de
Dios, que lleva al Señor y lo entrega a los hombres (Theotókos),
o como camino que lleva a Cristo y lo muestra (Odigitria),
o bien como orante en actitud de intercesión y signo de la
presencia divina en el camino de los fieles hasta el día del Señor (Deisis),
o como protectora que extiende su manto sobre los pueblos (Pokrov),
o como misericordiosa Virgen de la ternura (Eleousa). La
Virgen es representada habitualmente con su Hijo, el niño Jesús, que
lleva en brazos: es la relación con el Hijo la que glorifica a la
Madre. A veces lo abraza con ternura (Glykofilousa); otras
veces, hierática, parece absorta en la contemplación de aquel que es
Señor de la historia (cf. Ap 5, 9-14).85
Conviene
recordar también el Icono de la Virgen de Vladimir que ha acompañado
constantemente la peregrinación en la fe de los pueblos de la
antigua Rus'. Se acerca el primer milenio de la conversión al
cristianismo de aquellas nobles tierras: tierras de personas
humildes, de pensadores y de santos. Los Iconos son venerados
todavía en Ucrania, en Bielorusia y en Rusia con diversos títulos;
son imágenes que atestiguan la fe y el espíritu de oración de aquel
pueblo, el cual advierte la presencia y la protección de la Madre de
Dios. En estos Iconos la Virgen resplandece como la imagen de la
divina belleza, morada de la Sabiduría eterna, figura de la orante,
prototipo de la contemplación, icono de la gloria: aquella que,
desde su vida terrena, poseyendo la ciencia espiritual inaccesible a
los razonamientos humanos, con la fe ha alcanzado el conocimiento
más sublime. Recuerdo, también, el Icono de la Virgen del cenáculo,
en oración con los apóstoles a la espera del Espíritu. ¿No podría
ser ésta como un signo de esperanza para todos aquellos que, en el
diálogo fraterno, quieren profundizar su obediencia de la fe?
34. Tanta
riqueza de alabanzas, acumulada por las diversas manifestaciones de
la gran tradición de la Iglesia, podría ayudarnos a que ésta vuelva
a respirar plenamente con sus « dos pulmones », Oriente y Occidente.
Como he dicho varias veces, esto es hoy más necesario que nunca.
Sería una ayuda valiosa para hacer progresar el diálogo actual entre
la Iglesia católica y las Iglesias y Comunidades eclesiales de
Occidente.86
Sería también, para la Iglesia en camino, la vía para cantar y vivir
de manera más perfecta su Magníficat.
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3.
El Magníficat de la Iglesia en camino
35. La
Iglesia, pues, en la presente fase de su camino, trata de buscar la
unión de quienes profesan su fe en Cristo para manifestar la
obediencia a su Señor que, antes de la pasión, ha rezado por esta
unidad. La Iglesia « va peregrinando ..., anunciando la cruz del
Señor hasta que venga ».87
« Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y
tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios,
que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad
perfecta por la debilidad de la carne, antes al contrario, persevere
como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo,
no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que
no conoce ocaso ».88
La Virgen
Madre está constantemente presente en este camino de fe del Pueblo
de Dios hacia la luz. Lo demuestra de modo especial el cántico
del Magníficat que, salido de la fe profunda de María en la
visitación, no deja de vibrar en el corazón de la Iglesia a través
de los siglos. Lo prueba su recitación diaria en la liturgia de las
Vísperas y en otros muchos momentos de devoción tanto personal como
comunitaria.
«
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí;
su nombre es santo
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos,
enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abraham y su descendencia por siempre »
(Lc 1, 46-55).
36.
Cuando Isabel saludó a la joven pariente que llegaba de Nazaret,
María respondió con el Magníficat. En el saludo Isabel había
llamado antes a María « bendita » por « el fruto de su vientre », y
luego « feliz » por su fe (cf. Lc 1, 42. 45). Estas dos
bendiciones se referían directamente al momento de la anunciación.
Después, en la visitación, cuando el saludo de Isabel da testimonio
de aquel momento culminante, la fe de María adquiere una nueva
conciencia y una nueva expresión. Lo que en el momento de la
anunciación permanecía oculto en la profundidad de la « obediencia
de la fe », se diría que ahora se manifiesta como una llama del
espíritu clara y vivificante. Las palabras usadas por María en el
umbral de la casa de Isabel constituyen una inspirada profesión
le su fe, en la que la respuesta a la palabra de la
revelación se expresa con la elevación espiritual y poética de
todo su ser hacia Dios. En estas sublimes palabras, que son al mismo
tiempo muy sencillas y totalmente inspiradas por los textos sagrados
del pueblo de Israel,89
se vislumbra la experiencia personal de María, el éxtasis de su
corazón. Resplandece en ellas un rayo del misterio de Dios, la
gloria de su inefable santidad, el eterno amor que, como un don
irrevocable, entra en la historia del hombre.
María es
la primera en participar de esta nueva revelación de Dios y, a
través de ella, de esta nueva « autodonación » de Dios. Por esto
proclama: « ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo ». Sus
palabras reflejan el gozo del espíritu, difícil de expresar: « se
alegra mi espíritu en Dios mi salvador ». Porque « la verdad
profunda de Dios y de la salvación del hombre ... resplandece en
Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación ».90
En su arrebatamiento María confiesa que se ha encontrado en el
centro mismo de esta plenitud de Cristo. Es consciente de que en
ella se realiza la promesa hecha a los padres y, ante todo, « en
favor de Abraham y su descendencia por siempre »; que en ella, como
madre de Cristo, converge toda la economía salvífica, en la
que, « de generación en generación », se manifiesta aquel que, como
Dios de la Alianza, se acuerda « de la misericordia ».
37. La
Iglesia, que desde el principio conforma su camino terreno con el de
la Madre de Dios, siguiéndola repite constantemente las palabras del
Magníficat. Desde la profundidad de la fe de la Virgen en la
anunciación y en la visitación, la Iglesia llega a la verdad sobre
el Dios de la Alianza, sobre Dios que es todopoderoso y hace « obras
grandes » al hombre: « su nombre es santo ». En el Magníficat
la Iglesia encuentra vencido de raíz el pecado del comienzo de la
historia terrena del hombre y de la mujer, el pecado de la
incredulidad o de la « poca fe » en Dios. Contra la « sospecha » que
el « padre de la mentira » ha hecho surgir en el corazón de Eva, la
primera mujer, María, a la que la tradición suele llamar « nueva Eva
»
91
y verdadera « madre de los vivientes »
92,
proclama con fuerza la verdad no ofuscada sobre Dios: el Dios
Santo y todopoderoso, que desde el comienzo es la fuente de todo
don, aquel que « ha hecho obras grandes ». Al crear, Dios da la
existencia a toda la realidad. Creando al hombre, le da la dignidad
de la imagen y semejanza con él de manera singular respecto a todas
las criaturas terrenas. Y no deteniéndose en su voluntad de
prodigarse no obstante el pecado del hombre, Dios se da en el
Hijo: « Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único »
(Jn 3, 16). María es el primer testimonio de esta maravillosa
verdad, que se realizará plenamente mediante lo que hizo y enseñó su
Hijo (cf. Hch 1, 1) y, definitiva mente, mediante su Cruz y
resurrección.
La
Iglesia, que aun « en medio de tentaciones y tribulaciones » no cesa
de repetir con María las palabras del Magníficat, « se ve
confortada » con la fuerza de la verdad sobre Dios, proclamada
entonces con tan extraordinaria sencillez y, al mismo tiempo, con
esta verdad sobre Dios desea iluminar las difíciles y a veces
intrincadas vías de la existencia terrena de los hombres. El camino
de la Iglesia, pues, ya al final del segundo Milenio cristiano,
implica un renovado empeño en su misión. La Iglesia, siguiendo a
aquel que dijo de sí mismo: « (Dios) me ha enviado para anunciar
a los pobres la Buena Nueva » (cf. Lc 4, 18), a través de
las generaciones, ha tratado y trata hoy de cumplir la misma misión.
Su
amor preferencial por los pobres está inscrito admirablemente en
el Magníficat de María. El Dios de la Alianza, cantado por la
Virgen de Nazaret en la elevación de su espíritu, es a la vez el que
« derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los
hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos,
... dispersa a los soberbios ... y conserva su misericordia para los
que le temen ». María está profundamente impregnada del espíritu de
los « pobres de Yahvé », que en la oración de los Salmos esperaban
de Dios su salvación, poniendo en El toda su confianza (cf. Sal
25; 31; 35; 55). En cambio, ella proclama la venida del misterio
de la salvación, la venida del « Mesías de los pobres » (cf. Is
11, 4; 61, 1). La Iglesia, acudiendo al corazón de María, a la
profundidad de su fe, expresada en las palabras del Magníficat,
renueva cada vez mejor en sí la conciencia de que no se puede
separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente
de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los
pobres y los humildes, que, cantado en el Magníficat, se
encuentra luego expresado en las palabras y obras de Jesús.
La
Iglesia, por tanto, es consciente —y en nuestra época tal conciencia
se refuerza de manera particular— de que no sólo no se pueden
separar estos dos elementos del mensaje contenido en el
Magníficat, sino que también se debe salvaguardar cuidadosamente
la importancia que « los pobres » y « la opción en favor de los
pobres » tienen en la palabra del Dios vivo. Se trata de temas y
problemas orgánicamente relacionados con el sentido cristiano de
la libertad y de la liberación. « Dependiendo totalmente de Dios
y plenamente orientada hacia El por el empuje de su fe, María, al
lado de su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la
liberación de la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar
hacia ella, Madre y Modelo para comprender en su integridad el
sentido de su misión ».93
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III PARTE - MEDIACIÓN MATERNA
1.
María, Esclava del Señor
38. La
Iglesia sabe y enseña con San Pablo que uno solo es nuestro
mediador: « Hay un solo Dios, y también un solo mediador entre
Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a
sí mismo como rescate por todos » (1 Tm 2, 5-6). « La
misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni
disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien
sirve para demostrar su poder »
94:
es mediación en Cristo.
La
Iglesia sabe y enseña que « todo el influjo salvífico de la
Santísima Virgen sobre los hombres ... dimana del divino
beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo;
se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la
misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión inmediata de
los creyentes con Cristo, la fomenta ».95
Este saludable influjo está mantenido por el Espíritu Santo, quien,
igual que cubrió con su sombra a la Virgen María comenzando en ella
la maternidad divina, mantiene así continuamente su solicitud hacia
los hermanos de su Hijo.
Efectivamente, la mediación de María está íntimamente unida a su
maternidad y posee un carácter específicamente materno que la
distingue del de las demás criaturas que, de un modo diverso y
siempre subordinado, participan de la única mediación de Cristo,
siendo también la suya una mediación participada.96
En efecto, si « jamás podrá compararse criatura alguna con el Verbo
encarnado y Redentor », al mismo tiempo « la única mediación del
Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas
clases de cooperación, participada de la única fuente »; y así «
la bondad de Dios se difunde de distintas maneras sobre las
criaturas ».97
La
enseñanza del Concilio Vaticano II presenta la verdad sobre la
mediación de María como una participación de esta única fuente
que es la mediación de Cristo mismo. Leemos al respecto: « La
Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de María, la
experimenta continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles,
para que, apoyados en esta protección maternal, se unan con mayor
intimidad al Mediador y Salvador ».98
Esta función es, al mismo tiempo, especial y extraordinaria.
Brota de su maternidad divina y puede ser comprendida y vivida en la
fe, solamente sobre la base de la plena verdad de esta maternidad.
Siendo María, en virtud de la elección divina, la Madre del Hijo
consubstancial al Padre y « compañera singularmente generosa » en la
obra de la redención, es nuestra madre en el orden de la gracia ».99
Esta función constituye una dimensión real de su presencia en el
misterio salvífico de Cristo y de la Iglesia.
39. Desde
este punto de vista es necesario considerar una vez más el
acontecimiento fundamental en la economía de la salvación, o sea la
encarnación del Verbo en la anunciación. Es significativo que María,
reconociendo en la palabra del mensajero divino la voluntad del
Altísimo y sometiéndose a su poder, diga: « He aquí la esclava
del Señor; hágase en mí según tu palabra » (Lc 1, 3). El
primer momento de la sumisión a la única mediación « entre Dios y
los hombres » —la de Jesucristo— es la aceptación de la maternidad
por parte de la Virgen de Nazaret. María da su consentimiento a la
elección de Dios, para ser la Madre de su Hijo por obra del Espíritu
Santo. Puede decirse que este consentimiento suyo para la
maternidad es sobre todo fruto de la donación total a Dios en
la virginidad. María aceptó la elección para Madre del Hijo de
Dios, guiada por el amor esponsal, que « consagra » totalmente una
persona humana a Dios. En virtud de este amor, María deseaba estar
siempre y en todo « entregada a Dios », viviendo la virginidad. Las
palabras « he aquí la esclava del Señor » expresan el hecho de que
desde el principio ella acogió y entendió la propia maternidad como
donación total de sí, de su persona, al servicio de los
designios salvíficos del Altísimo. Y toda su participación materna
en la vida de Jesucristo, su Hijo, la vivió hasta el final de
acuerdo con su vocación a la virginidad.
La
maternidad de María, impregnada profundamente por la actitud
esponsal de « esclava del Señor », constituye la dimensión primera y
fundamental de aquella mediación que la Iglesia confiesa y proclama
respecto a ella,100
y continuamente « recomienda a la piedad de los fieles » porque
confía mucho en esta mediación. En efecto, conviene reconocer que,
antes que nadie, Dios mismo, el eterno Padre, se entregó a la
Virgen de Nazaret, dándole su propio Hijo en el misterio de la
Encarnación. Esta elección suya al sumo cometido y dignidad de Madre
del Hijo de Dios, a nivel ontológico, se refiere a la realidad misma
de la unión de las dos naturalezas en la persona del Verbo (unión
hipostática). Este hecho fundamental de ser la Madre del Hijo de
Dios supone, desde el principio, una apertura total a la persona de
Cristo, a toda su obra y misión. Las palabras « he aquí la esclava
del Señor » atestiguan esta apertura del espíritu de María, la cual,
de manera perfecta, reúne en sí misma el amor propio de la
virginidad y el amor característico de la maternidad, unidos y como
fundidos juntamente.
Por tanto
María ha llegado a ser no sólo la « madre-nodriza » del Hijo del
hombre, sino también la « compañera singularmente generosa »
101
del Mesías y Redentor. Ella —como ya he dicho— avanzaba en la
peregrinación de la fe y en esta peregrinación suya hasta los
pies de la Cruz se ha realizado, al mismo tiempo, su cooperación
materna en toda la misión del Salvador mediante sus acciones y
sufrimientos. A través de esta colaboración en la obra del Hijo
Redentor, la maternidad misma de María conocía una transformación
singular, colmándose cada vez más de « ardiente caridad » hacia
todos aquellos a quienes estaba dirigida la misión de Cristo. Por
medio de esta « ardiente caridad », orientada a realizar en unión
con Cristo la restauración de la « vida sobrenatural de las almas »,102
María entraba de manera muy personal en la única mediación «
entre Dios y los hombres », que es la mediación del hombre Cristo
Jesús. Si ella fue la primera en experimentar en sí misma los
efectos sobrenaturales de esta única mediación —ya en la anunciación
había sido saludada como « llena de gracia »— entonces es necesario
decir, que por esta plenitud de gracia y de vida sobrenatural,
estaba particularmente predispuesta a la cooperación con Cristo,
único mediador de la salvación humana. Y tal cooperación es
precisamente esta mediación subordinada a la mediación de
Cristo.
En el
caso de María se trata de una mediación especial y excepcional,
basada sobre su « plenitud de gracia », que se traducirá en la plena
disponibilidad de la « esclava del Señor ». Jesucristo, como
respuesta a esta disponibilidad interior de su Madre, la
preparaba cada vez más a ser para los hombres « madre en el
orden de la gracia ». Esto indican, al menos de manera indirecta,
algunos detalles anotados por los Sinópticos (cf. Lc 11, 28;
8, 20-21; Mc 3, 32-35; Mt 12, 47-50) y más aún por el
Evangelio de Juan (cf. 2, 1-12; 19, 25-27), que ya he puesto de
relieve. A este respecto, son particularmente elocuentes las
palabras, pronunciadas por Jesús en la Cruz, relativas a María y a
Juan.
40.
Después de los acontecimientos de la resurrección y de la ascensión,
María, entrando con los apóstoles en el cenáculo a la espera de
Pentecostés, estaba presente como Madre del Señor glorificado. Era
no sólo la que « avanzó en la peregrinación de la fe » y guardó
fielmente su unión con el Hijo « hasta la Cruz », sino también la
« esclava del Señor », entregada por su Hijo como
madre a la Iglesia naciente: « He aquí a tu madre ». Así empezó
a formarse una relación especial entre esta Madre y la Iglesia. En
efecto, la Iglesia naciente era fruto de la Cruz y de la
resurrección de su Hijo. María, que desde el principio se había
entregado sin reservas a la persona y obra de su Hijo, no podía
dejar de volcar sobre la Iglesia esta entrega suya materna. Después
de la ascensión del Hijo, su maternidad permanece en la Iglesia como
mediación materna; intercediendo por todos sus hijos, la madre
coopera en la acción salvífica del Hijo, Redentor del mundo. Al
respecto enseña el Concilio: « Esta maternidad de María en la
economía de la gracia perdura sin cesar ... hasta la
consumación perpetua de todos los elegidos ».103
Con la muerte redentora de su Hijo, la mediación materna de la
esclava del Señor alcanzó una dimensión universal, porque la obra de
la redención abarca a todos los hombres. Así se manifiesta de manera
singular la eficacia de la mediación única y universal de Cristo «
entre Dios y los hombres ». La cooperación de María participa,
por su carácter subordinado, de la universalidad de la
mediación del Redentor, único mediador. Esto lo indica
claramente el Concilio con las palabras citadas antes.
« Pues
—leemos todavía— asunta a los cielos, no ha dejado esta misión
salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa
obteniéndonos los dones de la salvación eterna ».104
Con este carácter de « intercesión », que se manifestó por primera
vez en Caná de Galilea, la mediación de María continúa en la
historia de la Iglesia y del mundo. Leemos que María « con su amor
materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan
y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la
patria bienaventurada ».105
De este modo la maternidad de María perdura incesantemente en la
Iglesia como mediación intercesora, y la Iglesia expresa su fe en
esta verdad invocando a María « con los títulos de Abogada,
Auxiliadora, Socorro, Mediadora ».106
41.
María, por su mediación subordinada a la del Redentor, contribuye
de manera especial a la unión de la Iglesia peregrina en la
tierra con la realidad escatológica y celestial de la
comunión de los santos, habiendo sido ya « asunta a los cielos ».107
La verdad de la Asunción, definida por Pío XII, ha sido reafirmada
por el Concilio Vaticano II, que expresa así la fe de la Iglesia: «
Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha
de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue
asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue ensalzada
por el Señor como Reina universal con el fin de que se
asemeje de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cf. Ap
19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte ».108
Con esta enseñanza Pío XII enlazaba con la Tradición, que ha
encontrado múltiples expresiones en la historia de la Iglesia, tanto
en Oriente como en Occidente.
Con el
misterio de la Asunción a los cielos, se han realizado
definitivamente en María todos los efectos de la única mediación
de Cristo Redentor del mundo y Señor resucitado: « Todos vivirán
en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicias; luego,
los de Cristo en su Venida » (1 Co 15, 22-23). En el misterio de la
Asunción se expresa la fe de la Iglesia, según la cual María « está
también íntimamente unida » a Cristo porque, aunque como
madre-virgen estaba singularmente unida a él en su primera
venida, por su cooperación constante con él lo estará también a
la espera de la segunda; « redimida de modo eminente, en previsión
de los méritos de su Hijo »,109
ella tiene también aquella función, propia de la madre, de mediadora
de clemencia en la venida definitiva, cuando todos los de
Cristo revivirán, y « el último enemigo en ser destruido será la
Muerte » (1 Co 15, 26).110
A esta
exaltación de la « Hija excelsa de Sión »,111
mediante la asunción a los cielos, está unido el misterio de su
gloria eterna. En efecto, la Madre de Cristo es glorificada como «
Reina universal ».112
La que en la anunciación se definió como « esclava del Señor » fue
durante toda su vida terrena fiel a lo que este nombre expresa,
confirmando así que era una verdadera « discípula » de Cristo, el
cual subrayaba intensamente el carácter de servicio de su propia
misión: el Hijo del hombre « no ha venido a ser servido, sino a
servir y a dar su vida como rescate por muchos » (Mt 20, 28).
Por esto María ha sido la primera entre aquellos que, « sirviendo a
Cristo también en los demás, conducen en humildad y paciencia a sus
hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar »,113
Y ha conseguido plenamente aquel « estado de libertad real », propio
de los discípulos de Cristo: ¡servir quiere decir reinar!
« Cristo,
habiéndose hecho obediente hasta la muerte y habiendo sido por ello
exaltado por el Padre (cf. Flp 2, 8-9), entró en la
gloria de su reino. A El están sometidas todas las cosas, hasta que
El se someta a Sí mismo y todo lo creado al Padre, a fin de que Dios
sea todo en todas las cosas (cf. 1 Co 15, 27-28) ».114
María, esclava del Señor, forma parte de este Reino del Hijo.115
La gloria de servir no cesa de ser su exaltación real; asunta
a los cielos, ella no termina aquel servicio suyo salvífico, en el
que se manifiesta la mediación materna, « hasta la consumación
perpetua de todos los elegidos ».116
Así aquella, que aquí en la tierra « guardó fielmente su unión con
el Hijo hasta la Cruz », sigue estando unida a él, mientras ya « a
El están sometidas todas las cosas, hasta que El se someta a Sí
mismo y todo lo creado al Padre ». Así en su asunción a los cielos,
María está como envuelta por toda la realidad de la comunión de los
santos, y su misma unión con el Hijo en la gloria está dirigida toda
ella hacia la plenitud definitiva del Reino, cuando « Dios
sea todo en todas las cosas ».
También
en esta fase la mediación materna de María sigue estando subordinada
a aquel que es el único Mediador, hasta la realización definitiva
de la « plenitud de los tiempos »,es decir, hasta que «
todo tenga a Cristo por Cabeza » (Ef 1, 10).
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2.
María en la vida de la Iglesia y de cada cristiano
42. El
Concilio Vaticano II, siguiendo la Tradición, ha dado nueva luz
sobre el papel de la Madre de Cristo en la vida de la Iglesia. « La
Bienaventurada Virgen, por el don ... de la maternidad divina, con
la que está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y
dones, está unida también íntimamente a la Iglesia. La
Madre de Dios es tipo de la Iglesia, a saber: en el orden de la
fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo ».117
Ya hemos visto anteriormente como María permanece, desde el
comienzo, con los apóstoles a la espera de Pentecostés y como,
siendo « feliz la que ha creído », a través de las generaciones está
presente en medio de la Iglesia peregrina mediante la fe y como
modelo de la esperanza que no desengaña (cf. Rom 5, 5).
María
creyó que se cumpliría lo que le había dicho el Señor. Como Virgen,
creyó que concebiría y daría a luz un hijo: el « Santo », al cual
corresponde el nombre de « Hijo de Dios », el nombre de « Jesús »
(Dios que salva). Como esclava del Señor, permaneció perfectamente
fiel a la persona y a la misión de este Hijo. Como madre, «
creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo
del Padre, y esto sin conocer varón, cubierta con la sombra del
Espíritu Santo ».118
Por estos
motivos María « con razón es honrada con especial culto por la
Iglesia; ya desde los tiempos más antiguos ... es honrada con el
título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles en todos sus
peligros y necesidades acuden con sus súplicas ».119
Este culto es del todo particular: contiene en sí y expresa
aquel profundo vínculo existente
entre la Madre de Cristo y la Iglesía.120
Como virgen y madre, María es para
la Iglesia un « modelo perenne ». Se puede decir, pues, que, sobre
todo según este aspecto, es decir como modelo o, más bien como «
figura », María, presente en el misterio de Cristo, está también
constantemente presente en el misterio de la Iglesia. En efecto,
también la Iglesia « es llamada madre y virgen », y estos nombres
tienen una profunda justificación bíblica y teológica.121
43. La
Iglesia « se hace también madre mediante la palabra de
Dios aceptada con fidelidad ».122
Igual que María creyó la primera, acogiendo la palabra de Dios que
le fue revelada en la anunciación, y permaneciendo fiel a ella en
todas sus pruebas hasta la Cruz, así la Iglesia llega a ser Madre
cuando, acogiendo con fidelidad la palabra de Dios, « por la
predicación y el bautismo engendra para la vida nueva e inmortal
a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios
».123
Esta característica « materna » de la Iglesia ha sido expresada de
modo particularmente vigoroso por el Apóstol de las gentes, cuando
escribía: « ¡Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de
parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros! » (Gál 4, 19).
En estas palabras de san Pablo está contenido un indicio interesante
de la conciencia materna de la Iglesia primitiva, unida al servicio
apostólico entre los hombres. Esta conciencia permitía y permite
constantemente a la Iglesia ver el misterio de su vida y de su
misión a ejemplo de la misma Madre del Hijo, que es el «
primogénito entre muchos hermanos » (Rom 8, 29).
Se puede
afirmar que la Iglesia aprende también de María la propia
maternidad; reconoce la dimensión materna de su vocación, unida
esencialmente a su naturaleza sacramental, « contemplando su arcana
santidad e imitando su caridad, y cumpliendo fielmente la voluntad
del Padre ».124
Si la Iglesia es signo e instrumento de la unión íntima con Dios, lo
es por su maternidad, porque, vivificada por el Espíritu, « engendra
» hijos e hijas de la familia humana a una vida nueva en Cristo.
Porque, al igual que María está al servicio del misterio de la
encarnación, así la Iglesia permanece al servicio del
misterio de la adopción como hijos por medio de la gracia.
Al mismo
tiempo, a ejemplo de María, la Iglesia es la virgen fiel al propio
esposo: « también ella es virgen que custodia pura e íntegramente la
fe prometida al Esposo ».125
La Iglesia es, pues, la esposa de Cristo, como resulta de las cartas
paulinas (cf. Ef 5, 21-33; 2 Co 11, 2) y de la
expresión joánica « la esposa del Cordero » (Ap 21, 9). Si
la Iglesia como esposa custodia « la fe prometida a
Cristo », esta fidelidad, a pesar de que en la enseñanza del Apóstol
se haya convertido en imagen del matrimonio (cf. Ef 5,
23-33), posee también el valor tipo de la total donación a Dios en
el celibato « por el Reino de los cielos », es decir de la
virginidad consagrada a Dios (cf. Mt 19, 11-12; 2
Cor 11, 2). Precisamente esta virginidad, siguiendo el
ejemplo de la Virgen de Nazaret, es fuente de una especial
fecundidad espiritual: es fuente de la maternidad en el Espíritu
Santo.
Pero
la Iglesia custodia también la fe recibida de Cristo; a
ejemplo de María, que guardaba y meditaba en su corazón (cf. Lc
2, 19. 51) todo lo relacionado con su Hijo divino, está dedicada
a custodiar la Palabra de Dios, a indagar sus riquezas con
discernimiento y prudencia con el fin de dar en cada época un
testimonio fiel a todos los hombres.126
44. Ante
esta ejemplaridad, la Iglesia se encuentra con María e intenta
asemejarse a ella: « Imitando a la Madre de su Señor, por la virtud
del Espíritu Santo conserva virginalmente la fe íntegra, la sólida
esperanza, la sincera caridad ».127
Por consiguiente, María está presente en el misterio de la Iglesia
como modelo. Pero el misterio de la Iglesia consiste también
en el hecho de engendrar a los hombres a una vida nueva e inmortal:
es su maternidad en el Espíritu Santo. Y aquí María no sólo es
modelo y figura de la Iglesia, sino mucho más. Pues, « con
materno amor coopera a la generación y educación » de los
hijos e hijas de la madre Iglesia. La maternidad de la Iglesia se
lleva a cabo no sólo según el modelo y la figura de la Madre de
Dios, sino también con su « cooperación ». La Iglesia recibe
copiosamente de esta cooperación, es decir de la mediación materna,
que es característica de María, ya que en la tierra ella cooperó a
la generación y educación de los hijos e hijas de la Iglesia, como
Madre de aquel Hijo « a quien Dios constituyó como hermanos ».128
En ello
cooperó —como enseña el Concilio Vaticano II— con materno amor.129
Se descubre aquí el valor real de las palabras dichas por Jesús a su
madre cuando estaba en la Cruz: « Mujer, ahí tienes a tu hijo » y al
discípulo: « Ahí tienes a tu madre » (Jn 19, 26-27). Son
palabras que determinan el lugar de María en la vida de los
discípulos de Cristo y expresan —como he dicho ya— su nueva
maternidad como Madre del Redentor: la maternidad espiritual, nacida
de lo profundo del misterio pascual del Redentor del mundo. Es una
maternidad en el orden de la gracia, porque implora el don del
Espíritu Santo que suscita los nuevos hijos de Dios, redimidos
mediante el sacrificio de Cristo: aquel Espíritu que, junto con la
Iglesia, María ha recibido también el día de Pentecostés.
Esta
maternidad suya ha sido comprendida y vivida particularmente por el
pueblo cristiano en el sagrado Banquete —celebración litúrgica del
misterio de la Redención—, en el cual Cristo, su verdadero cuerpo
nacido de María Virgen, se hace presente.
Con razón
la piedad del pueblo cristiano ha visto siempre un profundo
vínculo entre la devoción a la Santísima Virgen y el culto a la
Eucaristía; es un hecho de relieve en la liturgia tanto occidental
como oriental, en la tradición de las Familias religiosas, en la
espiritualidad de los movimientos contemporáneos incluso los
juveniles, en la pastoral de los Santuarios marianos María guía a
los fieles a la Eucaristía.
45. Es
esencial a la maternidad la referencia a la persona. La maternidad
determina siempre una relación única e irrepetible entre dos
personas: la de la madre con el hijo y la del hijo con la Madre.
Aun cuando una misma mujer sea madre de muchos hijos, su
relación personal con cada uno de ellos caracteriza la maternidad en
su misma esencia. En efecto, cada hijo es engendrado de un modo
único e irrepetible, y esto vale tanto para la madre como para el
hijo. Cada hijo es rodeado del mismo modo por aquel amor materno,
sobre el que se basa su formación y maduración en la humanidad.
Se puede
afirmar que la maternidad « en el orden de la gracia » mantiene la
analogía con cuanto a en el orden de la naturaleza » caracteriza la
unión de la madre con el hijo. En esta luz se hace más comprensible
el hecho de que, en el testamento de Cristo en el Gólgota, la nueva
maternidad de su madre haya sido expresada en singular, refiriéndose
a un hombre: « Ahí tienes a tu hijo ».
Se puede
decir además que en estas mismas palabras está indicado plenamente
el motivo de la dimensión mariana de la vida de los discípulos de
Cristo; no sólo de Juan, que en aquel instante se encontraba a
los pies de la Cruz en compañía de la Madre de su Maestro, sino de
todo discípulo de Cristo, de todo cristiano. El Redentor confía su
madre al discípulo y, al mismo tiempo, se la da como madre. La
maternidad de María, que se convierte en herencia del hombre, es un
don: un don que Cristo mismo hace personalmente a cada
hombre. El Redentor confía María a Juan, en la medida en que confía
Juan a María. A los pies de la Cruz comienza aquella especial
entrega del hombre a la Madre de Cristo, que en la historia de
la Iglesia se ha ejercido y expresado posteriormente de modos
diversos. Cuando el mismo apóstol y evangelista, después de haber
recogido las palabras dichas por Jesús en la Cruz a su Madre y a él
mismo, añade: « Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su
casa » (Jn 19,27). Esta afirmación quiere decir con certeza
que al discípulo se atribuye el papel de hijo y que él cuidó de la
Madre del Maestro amado. Y ya que María fue dada como madre
personalmente a él, la afirmación indica, aunque sea indirectamente,
lo que expresa la relación íntima de un hijo con la madre. Y todo
esto se encierra en la palabra « entrega ». La entrega es la
respuesta al amor de una persona y, en concreto, al amor de
la madre.
La
dimensión mariana de la vida de un discípulo de Cristo se manifiesta
de modo especial precisamente mediante esta entrega filial respecto
a la Madre de Dios, iniciada con el testamento del Redentor en el
Gólgota. Entregándose filialmente a María, el cristiano, como el
apóstol Juan, « acoge entre sus cosas propias »
130
a la Madre de Cristo y la introduce en todo el espacio de su vida
interior, es decir, en su « yo » humano y cristiano: « La acogió
en su casa » Así el cristiano, trata de entrar en el radio de
acción de aquella « caridad materna », con la que la Madre del
Redentor « cuida de los hermanos de su Hijo »,131
« a cuya generación y educación coopera »
132
según la medida del don, propia de cada uno por la virtud del
Espíritu de Cristo. Así se manifiesta también aquella maternidad
según el espíritu, que ha llegado a ser la función de María a los
pies de la Cruz y en el cenáculo.
46. Esta
relación filial, esta entrega de un hijo a la Madre no sólo tiene su
comienzo en Cristo, sino que se puede decir que
definitivamente se orienta hacia él. Se puede afirmar que
María sigue repitiendo a todos las mismas palabras que dijo en Caná
de Galilea: « Haced lo que él os diga ». En efecto es él, Cristo, el
único mediador entre Dios y los hombres; es él « el Camino, la
Verdad y la Vida » (Jn 4, 6); es él a quien el Padre ha dado
al mundo, para que el hombre « no perezca, sino que tenga vida
eterna » (Jn 3, 16). La Virgen de Nazaret se ha convertido en
la primera « testigo » de este amor salvífico del Padre y desea
permanecer también su humilde esclava siempre y por todas partes.
Para todo cristiano y todo hombre, María es la primera que « ha
creído », y precisamente con esta fe suya de esposa y de madre
quiere actuar sobre todos los que se entregan a ella como hijos. Y
es sabido que cuanto más estos hijos perseveran en esta actitud y
avanzan en la misma, tanto más María les acerca a la « inescrutable
riqueza de Cristo » (Ef 3, 8). E igualmente ellos reconocen
cada vez mejor la dignidad del hombre en toda su plenitud, y el
sentido definitivo de su vocación, porque « Cristo ... manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre ».133
Esta
dimensión mariana en la vida cristiana adquiere un acento peculiar
respecto a la mujer y a su condición. En efecto, la feminidad tiene
una relación singular con la Madre del Redentor, tema que
podrá profundizarse en otro lugar. Aquí sólo deseo poner de relieve
que la figura de María de Nazaret proyecta luz sobre la mujer en
cuanto tal por el mismo hecho de que Dios, en el sublime
acontecimiento de la encarnación del Hijo, se ha entregado al
ministerio libre y activo de una mujer. Por lo tanto, se puede
afirmar que la mujer, al mirar a María, encuentra en ella el secreto
para vivir dignamente su feminidad y para llevar a cabo su verdadera
promoción. A la luz de María, la Iglesia lee en el rostro de la
mujer los reflejos de una belleza, que es espejo de los más altos
sentimientos, de que es capaz el corazón humano: la oblación total
del amor, la fuerza que sabe resistir a los más grandes dolores, la
fidelidad sin límites, la laboriosidad infatigable y la capacidad de
conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de
estímulo.
47.
Durante el Concilio Pablo VI proclamó solemnemente que María es
Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios,
tanto de los fieles como de los pastores ».134
Más tarde, el año 1968 en la Profesión de fe, conocida bajo el
nombre de « Credo del pueblo de Dios », ratificó esta afirmación de
forma aún más comprometida con las palabras « Creemos que la
Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia continúa en
el cielo su misión maternal para con los miembros de Cristo,
cooperando al nacimiento y al desarrollo de la vida divina en las
almas de los redimidos ».135
El
magisterio del Concilio ha subrayado que la verdad sobre la
Santísima Virgen, Madre de Cristo, constituye un medio eficaz para
la profundización de la verdad sobre la Iglesia. El mismo Pablo VI,
tomando la palabra en relación con la Constitución Lumen gentium,
recién aprobada por el Concilio, dijo: « El conocimiento
de la verdadera doctrina católica sobre María será siempre la
clave para la exacta comprensión del misterio de Cristo y de la
Iglesia ».136
María está presente en la Iglesia como Madre de Cristo y, a la vez,
como aquella Madre que Cristo, en el misterio de la redención, ha
dado al hombre en la persona del apóstol Juan. Por consiguiente,
María acoge, con su nueva maternidad en el Espíritu, a todos y a
cada uno en la Iglesia, acoge también a todos y a cada uno
por medio de la Iglesia. En este sentido María, Madre de la
Iglesia, es también su modelo. En efecto, la Iglesia —como desea y
pide Pablo VI— « encuentra en ella (María) la más auténtica forma de
la perfecta imitación de Cristo ».137
Merced a
este vínculo especial, que une a la Madre de Cristo con la Iglesia,
se aclara mejor el misterio de aquella « mujer
» que, desde los primeros capítulos del Libro del Génesis
hasta el Apocalipsis, acompaña la revelación del designio
salvífico de Dios respecto a la humanidad. Pues María, presente en
la Iglesia como Madre del Redentor, participa maternalmente en
aquella « dura batalla contra el poder de las tinieblas »
138
que se desarrolla a lo largo de toda la historia humana. Y por esta
identificación suya eclesial con la « mujer vestida de sol » (Ap
12, 1),139
se puede afirmar que « la Iglesia en la Beatísima Virgen ya llegó a
la perfección, por la que se presenta sin mancha ni arruga »; por
esto, los cristianos, alzando con fe los ojos hacia María a lo largo
de su peregrinación terrena, « aún se esfuerzan en crecer en la
santidad ».140
María, la excelsa hija de Sión, ayuda a todos los hijos —donde y
como quiera que vivan— a encontrar en Cristo el camino hacia la
casa del Padre.
Por
consiguiente, la Iglesia, a lo largo de toda su vida, mantiene con
la Madre de Dios un vínculo que comprende, en el misterio salvífico,
el pasado, el presente y el futuro, y la venera como madre
espiritual de la humanidad y abogada de gracia.
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3.
EL sentido del Año Mariano
48.
Precisamente el vínculo especial de la humanidad con esta Madre me
ha movido a proclamar en la Iglesia, en el período que precede a la
conclusión del segundo Milenio del nacimiento de Cristo, un Año
Mariano. Una iniciativa similar tuvo lugar ya en el pasado, cuando
Pío XII proclamó el 1954 como Año Mariano, con el fin de resaltar la
santidad excepcional de la Madre de Cristo, expresada en los
misterios de su Inmaculada Concepción (definida exactamente un siglo
antes) y de su Asunción a los cielos.141
Ahora,
siguiendo la línea del Concilio Vaticano II, deseo poner de relieve
la especial presencia de la Madre de Dios en el misterio de
Cristo y de su Iglesia. Esta es, en efecto, una dimensión
fundamental que brota de la mariología del Concilio, de cuya
clausura nos separan ya más de veinte años. El Sínodo extraordinario
de los Obispos, que se ha realizado el año 1985, ha exhortado a
todos a seguir fielmente el magisterio y las indicaciones del
Concilio. Se puede decir que en ellos —Concilio y Sínodo— está
contenido lo que el mismo Espíritu Santo desea « decir a la Iglesia
» en la presente fase de la historia.
En este
contexto, el Año Mariano deberá promover también una nueva y
profunda lectura de cuanto el Concilio ha dicho sobre la
Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo
y de la Iglesia, a la que se refieren las consideraciones de esta
Encíclica. Se trata aquí no sólo de la doctrina de fe, sino
también de la vida de fe y, por tanto, de la auténtica «
espiritualidad mariana », considerada a la luz de la Tradición y, de
modo especial, de la espiritualidad a la que nos exhorta el
Concilio.142
Además, la espiritualidad mariana, a la par de la devoción
correspondiente, encuentra una fuente riquísima en la
experiencia histórica de las personas y de las diversas comunidades
cristianas, que viven entre los distintos pueblos y naciones de la
tierra. A este propósito, me es grato recordar, entre tantos
testigos y maestros de la espiritualidad mariana, la figura de san
Luis María Grignion de Montfort, el cual proponía a los cristianos
la consagración a Cristo por manos de María, como medio eficaz para
vivir fielmente el compromiso del bautismo.143
Observo complacido cómo en nuestros días no faltan tampoco nuevas
manifestaciones de esta espiritualidad y devoción.
49.
Este Año comenzará en la solemnidad de Pentecostés, el 7 de junio
próximo. Se trata, pues, de recordar no sólo que María « ha
precedido » la entrada de Cristo Señor en la historia de la
humanidad, sino de subrayar además, a la luz de María, que desde el
cumplimiento del misterio de la Encarnación la historia de la
humanidad ha entrado en la « plenitud de los tiempos » y que la
Iglesia es el signo de esta plenitud. Como Pueblo de Dios, la
Iglesia realiza su peregrinación hacia la eternidad mediante la fe,
en medio de todos los pueblos y naciones, desde el día de
Pentecostés. La Madre de Cristo, que estuvo presente en el
comienzo del « tiempo de la Iglesia », cuando a la espera del
Espíritu Santo rezaba asiduamente con los apóstoles y los discípulos
de su Hijo, « precede » constantemente a la Iglesia en este
camino suyo a través de la historia de la humanidad. María es
también la que, precisamente como esclava del Señor, coopera sin
cesar en la obra de la salvación llevada a cabo por Cristo, su Hijo.
Así,
mediante este Año Mariano, la Iglesia es llamada no sólo a
recordar todo lo que en su pasado testimonia la especial y materna
cooperación de la Madre de Dios en la obra de la salvación en Cristo
Señor, sino además a preparar, por su parte, cara al futuro
las vías de esta cooperación, ya que el final del segundo Milenio
cristiano abre como una nueva perspectiva.
50. Como
ya ha sido recordado, también entre los hermanos separados muchos
honran y celebran a la Madre del Señor, de modo especial los
Orientales. Es una luz mariana proyectada sobre el ecumenismo. De
modo particular, deseo recordar todavía que, durante el Año Mariano,
se celebrará el Milenio del bautismo de San Vladimiro, Gran
Príncipe de Kiev (a. 988), que dio comienzo al cristianismo en los
territorios de la Rus' de entonces y, a continuación, en otros
territorios de Europa Oriental; y que por este camino, mediante la
obra de evangelización, el cristianismo se extendió también más allá
de Europa, hasta los territorios septentrionales del continente
asiático. Por lo tanto, queremos, especialmente a lo largo de este
Año, unirnos en plegaria con cuantos celebran el Milenio de este
bautismo, ortodoxos y católicos, renovando y confirmando con el
Concilio aquellos sentimientos de gozo y de consolación porque « los
orientales ... corren parejos con nosotros por su impulso fervoroso
y ánimo en el culto de la Virgen Madre de Dios ».144
Aunque experimentamos todavía los dolorosos efectos de la
separación, acaecida algunas décadas más tarde (a. 1054), podemos
decir que ante la Madre de Cristo nos sentimos verdaderos
hermanos y hermanas en el ámbito de aquel pueblo mesiánico,
llamado a ser una única familia de Dios en la tierra, como anunciaba
ya al comienzo del Año Nuevo: « Deseamos confirmar esta herencia
universal de todos los hijos y las hijas de la tierra ».145
Al
anunciar el año de María, precisaba además que su clausura se
realizará el año próximo en la solemnidad de la Asunción de la
Santísima Virgen a los cielos, para resaltar así « la señal
grandiosa en el cielo », de la que habla el Apocalipsis. De
este modo queremos cumplir también la exhortación del Concilio, que
mira a María como a un « signo de esperanza segura y de consuelo
para el pueblo de Dios peregrinante ». Esta exhortación la expresa
el Concilio con las siguientes palabras: « Ofrezcan los fieles
súplicas insistentes a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para
que ella, que estuvo presente en las primeras oraciones de la
Iglesia, ahora también, ensalzada en el cielo sobre todos los
bienaventurados y los ángeles, en la comunión de todos los santos,
interceda ante su Hijo, para que las familias de todos los pueblos,
tanto los que se honran con el nombre cristiano como los que aún
ignoran al Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia
en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e individua
Trinidad ».146
|
|
CONCLUSIÓN
51. Al
final de la cotidiana liturgia de las Horas se eleva, entre otras,
esta invocación de la Iglesia a María: « Salve, Madre soberana del
Redentor, puerta del cielo siempre abierta, estrella del mar;
socorre al pueblo que sucumbe y lucha por levantarse, tú que para
asombro de la naturaleza has dado el ser humano a tu Creador ».
« Para
asombro de la naturaleza ». Estas palabras de la antífona expresan
aquel asombro de la fe, que acompaña el misterio de la
maternidad divina de María. Lo acompaña, en cierto sentido, en el
corazón de todo lo creado y, directamente, en el corazón de todo el
Pueblo de Dios, en el corazón de la Iglesia. Cuán admirablemente
lejos ha ido Dios, creador y señor de todas las cosas, en la «
revelación de sí mismo » al hombre.147
Cuán claramente ha superado todos los espacios de la infinita «
distancia » que separa al creador de la criatura. Si en sí mismo
permanece inefable e inescrutable, más aún es inefable e
inescrutable en la realidad de la Encarnación del Verbo, que se
hizo hombre por medio de la Virgen de Nazaret.
Si El ha
querido llamar eternamente al hombre a participar de la naturaleza
divina (cf. 2 P 1, 4), se puede afirmar que ha predispuesto
la « divinización » del hombre según su condición histórica, de
suerte que, después del pecado, está dispuesto a restablecer con
gran precio el designio eterno de su amor mediante la « humanización
» del Hijo, consubstancial a El. Todo lo creado y, más directamente,
el hombre no puede menos de quedar asombrado ante este don, del que
ha llegado a ser partícipe en el Espíritu Santo: « Porque tanto amó
Dios al mundo que dio a su Hijo único » (Jn 3, 16).
En el
centro de este misterio, en lo más vivo de este asombro de la
fe, se halla María, Madre soberana del Redentor, que ha sido la
primera en experimentar: « tú que para asombro de la naturaleza has
dado el ser humano a tu Creador ».
52. En la
palabras de esta antífona litúrgica se expresa también la verdad
del « gran cambio », que se ha verificado en el hombre
mediante el misterio de la Encarnación. Es un cambio que pertenece a
toda su historia, desde aquel comienzo que se ha revelado en los
primeros capítulos del Génesis hasta el término último, en la
perspectiva del fin del mundo, del que Jesús no nos ha revelado « ni
el día ni la hora » (Mt 25, 13). Es un cambio incesante y
continuo entre el caer y el levantarse, entre el hombre del pecado y
el hombre de la gracia y de la justicia. La liturgia, especialmente
en Adviento, se coloca en el centro neurálgico de este cambio, y
toca su incesante « hoy y ahora », mientras exclama: « Socorre al
pueblo que sucumbe y lucha por levantarse ».
Estas
palabras se refieren a todo hombre, a las comunidades, a las
naciones y a los pueblos, a las generaciones y a las épocas de la
historia humana, a nuestros días, a estos años del Milenio que está
por concluir: « Socorre, si, socorre al pueblo que sucumbe ».
Esta es
la invocación dirigida a María, « santa Madre del Redentor », es la
invocación dirigida a Cristo, que por medio de María ha entrado en
la historia de la humanidad. Año tras año, la antífona se eleva a
María, evocando el momento en el que se ha realizado este esencial
cambio histórico, que perdura irreversiblemente: el cambio entre el
« caer » y el « levantarse ».
La
humanidad ha hecho admirables descubrimientos y ha alcanzado
resultados prodigiosos en el campo de la ciencia y de la técnica, ha
llevado a cabo grandes obras en la vía del progreso y de la
civilización, y en épocas recientes se diría que ha conseguido
acelerar el curso de la historia. Pero el cambio fundamental, cambio
que se puede definir « original », acompaña siempre el camino del
hombre y, a través de los diversos acontecimientos históricos,
acompaña a todos y a cada uno. Es el cambio entre el « caer » y el «
levantarse », entre la muerte y la vida. Es también un constante
desafío a las conciencias humanas, un desafío a toda la
conciencia histórica del hombre: el desafío a seguir la vía del « no
caer » en los modos siempre antiguos y siempre nuevos, y del «
levantarse », si ha caído.
Mientras
con toda la humanidad se acerca al confín de los dos Milenios, la
Iglesia, por su parte, con toda la comunidad de los creyentes y en
unión con todo hombre de buena voluntad, recoge el gran desafío
contenido en las palabras de la antífona sobre el « pueblo que
sucumbe y lucha por levantarse » y se dirige conjuntamente al
Redentor y a su Madre con la invocación « Socorre ». En efecto, la
Iglesia ve —y lo confirma esta plegaria— a la Bienaventurada Madre
de Dios en el misterio salvífico de Cristo y en su propio misterio;
la ve profundamente arraigada en la historia de la humanidad, en la
eterna vocación del hombre según el designio providencial que Dios
ha predispuesto eternamente para él; la ve maternalmente presente y
partícipe en los múltiples y complejos problemas que acompañan hoy
la vida de los individuos, de las familias y de las naciones; la ve
socorriendo al pueblo cristiano en la lucha incesante entre el bien
y el mal, para que « no caiga » o, si cae, « se levante ».
Deseo
fervientemente que las reflexiones contenidas en esta Encíclica
ayuden también a la renovación de esta visión en el corazón de todos
los creyentes.
Como
Obispo de Roma, envío a todos, a los que están destinadas las
presentes consideraciones, el beso de la paz, el saludo y la
bendición en nuestro Señor Jesucristo. Así sea.
Dado
en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo, solemnidad de la
Anunciación del Señor del año 1987, noveno de mi Pontificado.
 |
1
Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 52 y todo el cap.
VIII, titulado « La bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en
el misterio de Cristo y de la Iglesia ».
2
La expresión « plenitud de los tiempos » (pléroma tou jrónou) es
paralela a locuciones afines del judaísmo tanto bíblico (cf. Gn 29,
2l, 1 S 7, 12; Tb l4, 5) como extrabíblico, y sobre todo del N.T.
(cf. Mc 1, l5; Lc 21, 24; Jn 7, 8; Ef l, 10). Desde el punto de
vista formal, esta expresión indica no sólo la conclusión de un
proceso cronológico, sino sobre todo la madurez o el cumplimiento de
un período particularmente importante, porque está orientado hacia
la actuación de una espera, que adquiere, por tanto, una dimensión
escatológica. Según Ga 4, 4 y su contexto, es el acontecimiento del
Hijo de Dios quien revela que el tiempo ha colmado, por asi decir,
la medida; o sea, el período indicado por la promesa hecha a
Abraham, así como por la ley interpuesta por Moisés, ha alcanzado su
culmen, en el sentido de que Cristo cumple la promesa divina y
supera la antigua ley.
3
Cf. Misal Romano, Prefacio del 8 de diciembre, en la Inmaculada
Concepión de Santa María Virgen; S. Ambrosio, De Institutione
Virginis, V, 93-94; PL 16, 342; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesia Lumen gentium, 68.
4
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium,
58.
5
Pablo VI, Carta Enc. Christi Matri (15 de septiembre de 1966): AAS
58 (1966) 745–749; Exhort. Apost. Signum magnum (13 de mayo de
1967): AAS 59 (1967) 465-475; Exhort. Apost. Marialis cultus (2 de
febrero de 1974): AAS 66 (1974) 113-168.
6
El Antiguo Testamento ha anunciado de muchas maneras el misterio de
María: cf. S. Juan Damasceno, Hom. in Dormitionem I, 8-9: S. Ch. 80,
103-107.
7
Cf. Enseñanzas, VI/2 (1983), 225 s., Pío IX, Carta Apost.
Ineffabilis Deus (8 de diciembre de 1854): Pii IX P. M. Acta , pars
I, 597-599.
8
Cf. Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et
spes, 22.
9
Conc. Ecum. Ephes.: Conciliorum Oecumenicorum Decreto, Bologna 1973
(3), 41-44; 59-61 (DS 250-264), cf. Conc. Ecum. Calcedon.: o.c.,
84-87 (DS 300-303).
10
Conc. Ecum. Vat II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 22.
11
Const dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 52.
12
Cf. ibid., 58.
13
Ibid., 63; cf. S. Ambrosio, Expos. Evang. sec. Luc., II, 7:CSEL,
32/4, 45; De Institutione Virginis, XIV, 88-89: PL 16, 341.
14
Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 64.
15
Ibid., 65.
16
« Elimina este astro del sol que ilumina el mundo y ¿dónde va el
día? Elimina a María, esta estrella del mar, sí, del mar grande e
inmenso ¿qué permanece sino una vasta niebla y la sombra de muerte y
densas nieblas?: S. Bernardo, In Nativitate B. Mariae Sermo-De
aquaeductu, 6: S. Bernardi Opera, V, 1968, 279; cf. In laudibus
Virginis Matris Homilia II, 17: Ed. cit., IV, 1966, 34 s.
17
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 63.
18
Ibid., 63.
19
Sobre la predestinación de Maria, cf. S. Juan Damasceno, Hom. in
Nativitatem, 7; 10: S. Ch. 80, 65; 73; Hom. in Dormitionem I, 3: S.
Ch. 80, 85: « Es ella, en efecto, que, elegida desde las
generaciones antiguas, en virtud de la predestinación y de la
benevolencia del Dios y Padre que te ha engendrado a ti (oh Verbo de
Dios) fuera del tiempo sin salir de sí mismo y sin alteración
alguna, es ella que te ha dado a luz, alimentado con su carne, en
los últimos tiempos ... ».
20
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 55.
21
Sobre esta expresión hay en la tradición patrística una
interpretación amplia y variada: cf. Orígenes, In Lucam homiliae,
VI, 7: S. Ch. 87, 148; Severiano De Gabala, In mundi creationem,
Oratio VI, 10: PG 56, 497 s.; S. Juan Crisóstomo (pseudo), In
Annuntiationem Deiparae et contra Arium impium, PG 62, 765 s.;
Basilio De Seleucia, Oratio 39, In Sanctissimaé Deiparae
Annuntiationem, 5: PG 85, 441-446; Antipatro De Ostra, Hom. II, In
Sanctissimae Deiparae Annuntiationem, 3-11: PG, 1777-1783; S.
Sofronio de Jerusalén, Oratio II, In Sanctissimae Deiparae
Annnuntiationem, 17-19: PG 87/3, 3235-3240; S. Juan Damasceno, Hom.
in Dormitionem, I, 7: S. Ch. 80, 96-101; S. Jerónimo, Epistola 65,
9: PL 22, 628; S. Ambrosio, Expos. Evang. sec. Lucam, II, 9: CSEL
34/4, 45 s.; S. Agustín, Sermo 291, 4-6: PL 38, 1318 s.;
Enchiridion, 36, 11: PL 40, 250; S. Pedro Crisólogo, Sermo 142: PL
52, 579 s.; Sermo 143: PL 52, 583; S. Fulgencio De Ruspe, Epistola
17, VI, 12: PL 65, 458; S. Bernardo, In laudibus Virginis Matris,
Homilía III , 2-3: S. Bernardi Opera, IV, 1966, 36-38.
22
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 55.
23
ibid., 53.
24
Cf. Pío IX, Carta Apost. Ineffabilis Deus (8 de diciembre de 1856):
Pii IX P. M. Acta, pars I, 616; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
sobre la Iglesía Lumen gentium, 53.
25
Cf. S. Germán. Cost., In Anntiationem SS. Deiparae Hom.: PG 98, 327
s.; S. Andrés Cret., Canon in B. Mariae Natalem, 4: PG 97, 1321 s.;
In Nativitatem B. Mariae, I: PG 97, 811 s.; Hom. in Dormitionem S.
Mariae 1: PG 97, 1067 s.
26
Liturgia de las Horas, del 15 de Agosto, en la Asunción de la
Bienaventurada Virgen María, Himno de las I y II Vísperas; S. Pedro
Damián, Carmina et preces, XLVII: PL 145, 934.
27
Divina Comedia, Paraíso XXXIII, 1; cf. Liturgia de las Horas,
Memoria de Santa María en sábado, Himno II en el Officio de Lectura.
28
Cf. S. Agustín, De Sancta Virginitate, III, 3: PL 40, 398; Sermo 25,
7: PL 16, 937 s.
29
Const. dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, 5.
30
Este es un tema clásico, ya expuesto por S. Ireneo: « Y como por
obra de la virgen desobediente el hombre fue herido y, precipitado,
murió, así también por obra de la Virgen obediente a la palabra de
Dios, el hombre regenerado recibió, por medio de la vida, la vida
... Ya que era conveniente y justo ... que Eva fuera « recapitulada
» en María, con el fin de que la Virgen, convertida en abogada de la
virgen, disolviera y destruyera la desobediencia virginal por obra
de la obediencia virginal »; Expositio doctrinae apostolicae, 33: S.
Ch. 62, 83-86; cf. también Adversus Haereses, V, 19, 1: S. Ch. 153,
248-250.
31
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelación Dei
Verbum, 5.
32
Ibid., 5; cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium , 56.
33
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium,
56.
34
Ibid., 56.
35
Cf. ibid., 53; S. Agustín, De Sancta Virginitate, III, 3: PL 40,
398; Sermo 215, 4: PL 38, 1074; Sermo 196, I: PL 38, 1019; De
peccatorum meritis et remissione, I, 29, 57: PL 44, 142; Sermo 25,
7: PL 46, 937 s.; S. León Magno, Tractatus 21; De natale Domini, I:
CCL 138, 86.
36
Cf. Subida del Monte Carmelo, L. II, cap. 3, 4-6.
37
Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 58.
38
Ibid., 58.
39
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelación Dei
Verbum, 5.
40
Sobre la participación o « compasión » de María en la muerte de
Cristo, cf. S. Bernardo, In Dominica infra octavam Assumptionis
Sermo, 14: S. Bernardi Opera, V, 1968, 273.
41
S. Ireneo, Adversus Haereses, III, 22, 4: S. Ch. 211, 438-444; cf.
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 56, nota 6.
42
Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 56 y los Padres
citados en las notas 8 y 9.
43
« Cristo es verdad, Cristo es carne, Cristo verdad en la mente de
María, Cristo carne en el seno de María »: S. Agustín, Sermo 25
(Sermones inediti), 7: PL 46, 938.
44
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 60.
45
Ibid., 61.
46
Ibid., 62.
47
Es conocido lo que escribe Orígenes sobre la presencia de María y de
Juan en el Calvario: « Los Evangelios son las primicias de toda la
Escritura, y el Evangelio de Juan es el primero de los Evangelios;
ninguno puede percibir el significado si antes no ha posado la
cabeza sobre el pecho de Jesús y no ha recibido de Jesús a María
como Madre »: Comm. in Ioan., 1, 6: PG 14, 31; cf. S. Ambrosio,
Expos. Evang. sec. Luc., X, 129-131: CSEL, 32/4, 504 s.
48
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 54 y 53; este último
texto conciliar cita a S. Agustín, De Sancta Virgintitate, VI, 6: PL
40, 399.
49
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 55.
50
Cf. S. León Magno, Tractatus 26, de natale Domini, 2: CCL 138, 126.
51
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 59.
52
S. Agustín, De Civitate Dei, XVIII, 51: CCL 48, 650.
53
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 8.
54
Ibid., 9.
55
Ibid., 9.
56
Ibid., 8.
57
Ibid., 9.
58
Ibid., 65.
59
Ibid., 59.
60
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelacion Dei
Verbum,5.
61
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 63.
62
Cf. ibid., 9.
63
Cf. ibid., 65.
64
Ibid., 65.
65
Ibid., 65.
66
Cf. ibid., 13.
67
Cf. ibid., 13.
68
Cf. ibid., 13.
69
Cfr. Misal Romano, fórmula de la consagración del cáliz en las
Plegarias Eucarísticas.
70
Conc. Ecum. Vat. II. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 1.
71
Ibid., 13.
72
Ibid., 15.
73
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el ecumenismo Unitatis
redintegratio, 1.
74
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 68, 69. Sobre la
Santísima Virgen María, promotora de la unidad de los cristianos y
sobre el culto de María en Oriente, cf. León XIII, Carta Enc.
Adiutricem populi (5 de septiembre de 1895): Acta Leonis, XV,
300-312.
75
Cf. Conc Ecum. Vat. II, Decr. sobre el ecumenismo Unitatis
redintegratio, 20.
76
Ibid., 19.
77
Ibid., 14.
78
Ibid., 15.
79
Conc. Ecum. Vat II, Const. dogm., sobre la Iglesia Lumen gentium,
66.
80
Conc. Ecum. Calced., Definitio fidei: Conciliorum Oecumenicorum
Decreta, Bologna 1973 (3), 86 (DS 301)
81
Cf. el Weddâsê Mâryâm (Alabanzas de María), que está a continuación
del Salterio etíope y contiene himnos y plegarias a María para cada
día de la semana. Cf. también el Matshafa Kidâna Mehrat (Libro del
Pacto de Misericordia); es de destacar la importancia reservada a
María en los Himnos así como en la liturgia etíope.
82
Cf. S. Efrén, Hymn. de Nativitate: Scriptores Syri, 82: CSCO, 186.
83
Cf.. S. Gregorio De Narek, Le livre des prières: S. Ch. 78, 160-163;
428-432.
84
Conc. Ecum. Niceno II: Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Bologna
1973 (3), 135-138 (DS 600-609).
85
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
gentium, 59.
86
Cf Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el ecumenismo Unitatis
redintegratio, 19.
87
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 8.
88
Ibid., 9.
89
Como es sabido, las palabras del Magníficat contienen o evocan
numerosos pasajes del Antiguo Testamento.
90
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelación Dei
Verbum, 2.
91
Cf. por ejemplo S. Justino, Dialogus cum Tryphone Iudaeo, 100: Otto
II, 358; S. Ireneo, Adversus Haereses III, 22, 4: S. Ch. 211,
439-449; Tertuliano, De carne Christi, 17, 4-6: CCL 2, 904 s.
92
Cf. S. Epifanio, Panarion, III, 2;Haer. 78, 18: PG 42, 727-730
93
Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre Libertad
cristiana y liberación (22 de marzo de 1986), 97.
94
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium,
60.
95
Ibid., 60.
96
Cf. Ia fómula de mediadora « ad Mediatorem » de S. Bernardo, In
Dominica infra oct. Assumptionis Sermo, 2: S. Bernardi Opera, V,
1968, 263. María como puro espejo remite al Hijo toda gloria y honor
que recibe: Id., In Nativitate B. Mariae Sermo-De aquaeductu, 12:
ed. cit. , 283.
97
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium,
62.
98
Ibid., 62.
99
Ibid., 61.
100
Ibid., 62.
101
Ibid., 61
102
Ibid., 61
103
Ibid., 62.
104
Ibid., 62.
105
Ibid., 62; también en su oración la Iglesia reconoce y celebra la «
función materna » de María, función « de intercesión y perdón, de
impetración y gracia, de reconciliación y paz » (cf. prefacio de la
Misa de la Bienaventurada Virgen María, Madre y Mediadora de gracia,
en Collectio Missarum de Beata Maria Virgine, ed. typ. 1987, I, 120.
106
Ibid., 62.
107
Ibid., 62; S. Juan Damasceno, Hom. in Dormitionem, I, 11; II, 2, 14:
S. Ch. 80, 111 s.; 127-131; 157-161; 181-185; S. Bernardo, In
Assumptione Beatae Mariae Sermo, 1-2: S Bernardi Opera, V, 1968,
228-238.
108
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 59; cf. Pío XII, Const.
Apost. Munificentissimus Deus (1 de noviembre de 1950): AAS 42
(1950) 769-771; S. Bernardo presenta a María inmersa en el esplendor
de la gloria del Hijo: In Dominica infra oct. Assumptionis Sermo, 3:
S. Bernardi Opera, V, 1968, 263 s.
109
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium,
53.
110
Sobre este aspecto particular de la mediación de María como
impetradora de clemencia ante el Hijo Juez, cf. S. Bernardo, In
Dominica infra oct. Assumptionis Sermo, 1-2: S. Bernardi Opera, V,
1968, 262 s.; León XIII, Cart. Enc. Octobri mense (22 de septiembre
de 1891): Acta Leonis, XI, 299-315.
111
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 55.
112
Ibid., 59.
113
Ibid., 36.
114
Ibid., 36.
115
A propósito de María Reina, cf. S. Juan Damasceno, Hom. in
Nativitatem, 6, 12; Hom. in Dormitionem, I, 2, 12, 14; II, 11; III,
4: S. Ch. 80, 59 s.; 77 s.; 83 s.; 113 s.; 117; 151 s.; 189-193.
116
Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la Iglesia Lumen gentium, 62
117
Ibid., 63.
118
Ibid., 63.
119
Ibid., 66.
120
Cf. S. Ambrosio, De Institutione Virginis, XIV, 88-89: PL 16, 341;
S. Agustín, Sermo 215, 4: PL 38, 1074; De Sancta Virginitate, II, 2;
V, 5; VI, 6: PL 40, 397; 398 s.; 399; Sermo 191, II, 3: PL 38, 1010
s.
121
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen
Gentium, 63.
122
Ibid., 64.
123
Ibid., 64.
124
Ibid., 64.
125
Ibid., 64.
126
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelación Dei
Verbum, 8; S. Buenaventura, Comment. in Evang. Lucae, Ad Claras
Aquas, VII, 53, n. 40; 68, n. 109.
127
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium,
64.
128
Ibid., 63.
129
Ibid., 63.
130
Como es bien sabido, en el texto griego la expresión «eis ta ídia»
supera el límite de una acogida de María por parte del discípulo, en
el sentido del mero alojamiento material y de la hospitalidad en su
casa; quiere indicar más bien una comunión de vida que se establece
entre los dos en base a las palabras de Cristo agonizante. Cf. S.
Agustín, In Ioan. Evang. tract. 119, 3: CCL 36, 659: « La tomó
consigo, no en sus heredades, porque no poseía nada propio, sino
entre sus obligaciones que atendía con premura ».
131
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium,
62.
132
Ibid., 63.
133
Conc. Ecum. Vat II, Const past. sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et Spes, 22.
134
Cf. Pablo VI, Discurso del 21 de noviembre de 1964: AAS 56 (1964)
1015.
135
Pablo VI, Solemne Profesión de Fe (30 de junio de 1968), 15: AAS 60
(1968) 438 s.
136
Pablo VI, Discurso del 21 de noviembre de 1964: AAS 56 (1964) 1015.
137
Ibid., 1016.
138
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo
actual Gaudium et spes, 37.
139
Cf. S. Bernardo, In Dominica infra oct. Assumptionis Sermo: S.
Bernardi Opera, V, 1968, 262-274.
140
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium,
65.
141
Cf. Cart. Enc. Fulgens corona (8 de septiembre de 1953): AAS 45
(1953) 577-592. Pío X con la Cart. Enc. Ad diem illum (2 de febrero
de 1904), con ocasión del 50 aniversario de la definición dogmática
de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, había
proclamado un Jubileo extraordinario de algunos meses de duración:
Pii X P. M. Acta, I, 147-166.
142
Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 66-67.
143
Cf. S. Luis María Grignion de Montfort, Traité de la vraie dévotion
á la sainte Vierge. Junto a este Santo se puede colocar también la
figura de S. Alfonso María de Ligorio, cuyo segundo contenario de su
muerte se conmemora este año: cf. entre sus obras, Las glorias de
María.
144
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium , 69.
145
Homilía del 1 de enero de 1987.
146
Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen Gentium, 69.
147
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la divina revelación Dei
Verbum, 2: « Por esta revelación Dios invisible habla a los hombres
como amigo, movido por su gran amor y mora con ellos para invitarlos
a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía ».
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